San Luis Potosí, SLP.— El viento de la tarde traía un murmullo extraño: no eran consignas todavía, sino un suspiro colectivo que pesaba más que el aire. Las primeras mujeres llegaron al filo de las 17:00 horas con flores moradas, cruces, fotos plastificadas. Llegaron con pasos suaves, como quien camina cuidando un recuerdo. Eran madres, hermanas, amigas. Eran, sobre todo, sobrevivientes de un país que les ha fallado demasiadas veces.
Frente al memorial de Karla Pontigo, el punto donde el dolor siempre encuentra eco, las velas comenzaron a encenderse una por una. La llama temblaba igual que las voces. Ahí, un grupo de mujeres sostuvo una manta que ya no debería existir: la de las que no volvieron a casa. “Somos la voz de las que ya no están”, dijeron, y la frase no fue consigna: fue súplica, demanda y advertencia al mismo tiempo.

Este año, la marcha se sintió más pesada. Aunque ausente de multitudes como de hermanas, madres, de desaparecidas, de mujeres que ya no están y que las autoridades no han querido reconocer. Este año en particular, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí arrastra historias de violación, abuso y silencios institucionales que hoy marcharon junto a las estudiantes.
Jóvenes con pañuelo, con pancartas, con dolor, contaban entre ellas los nombres de compañeras que buscaron ayuda y solo recibieron indiferencia. Para muchas, volver a la universidad duele. Para otras, es un riesgo.
“¿Cuántas somos? ¿Cuántas faltan?”, preguntó una chica, mientras se secaba las lágrimas con la manga del suéter. Nadie respondió. Todas sabían que la respuesta era demasiada.

El momento que partió la marcha ocurrió cuando una mujer tomó la palabra ante los medios de comunicación. Su voz no era fuerte, pero era insoportablemente honesta: su hermana fue asesinada, el responsable cumplió una condena mínima y ahora vive a unas cuadras de su casa. “Me saluda, se burla, celebra que ‘le ganó al sistema’. Yo no duermo, porque sé de lo que es capaz… y porque aquí nadie me cuida”, dijo.
No hubo aplausos. Solo silencio. Un silencio que no fue vacío: fue rabia contenida mientras las autoridades miran hacia otro lado, en medio de la marcha, varias colectivas lamentaron que el Gobierno del Estado busque eliminar la Alerta de Violencia de Género.

“¿Cómo pueden hablar de avances cuando seguimos enterrando mujeres?”, cuestionó una activista. Las demás asintieron. El Estado celebra cifras; las mujeres cuentan ausencias.
En las pancartas se leía una frase repetida: “En San Luis Potosí sobran los artistas… pero también sobran las desapariciones.” Un golpe directo a una ciudad que presume festivales mientras falla en lo más básico: garantizar que las mujeres regresen vivas a casa.
La caminata avanzó entre tambores, gritos, canciones y pasos que, aunque dolidos, nunca se detuvieron, solo en las puertas del Instituto de las Mujeres, ese que debe protegerlas, no darles la espalda, ahi donde quemaron sentimientos, donde se encendieron súplicas y donde se pintó de naranja la puerta de la dependencia como el sentir de todas. Algunas niñas llevaban pintada una mariposa en la mejilla. Algunas madres cargaban las fotos de sus hijas. Todas llevaban algo roto por dentro.

Porque acompañarse es resistir. Porque salir a la calle es recordar que la vida de las mujeres no es negociable. Porque el miedo cambia de forma, pero la fuerza también.
Cuando el sol cayó, las veladoras quedaron encendidas frente al memorial. Cada luz, cada hoja colgada, cada flor era un nombre, una historia, una ausencia que exige justicia, la última frase que se escuchó antes de que las mujeres se dispersaran quedó flotando en el aire: “Cuando una mujer vive sin miedo, avanzamos todas.”
En San Luis Potosí, ese día sigue sin llegar. Pero el 25N recordó que hay miles dispuestas a pelearlo juntas.
