Probablemente, al leer este titular, te preguntes qué es CECURT. Son las siglas del Centro Estatal de Cultura y Recreación Tangamanga, tanto del parque 1 como del 2. Y lo de “hurto”, lamentablemente, cada vez tiene más sentido.
Desde inicios de año comenzó a volverse común algo que antes parecía impensable: cobrar por actividades simples y cotidianas dentro del parque. Hace un par de meses fui testigo directo. Mientras grababa un video caminando —sin equipo, sin producción, solo contando una historia—, personal de vigilancia intentó retirarme y hablar de cobros de miles de pesos. Nadie sabía explicar nada con claridad; solo se pasaban la responsabilidad de una “autoridad” a otra. Hoy queda claro: no era un caso aislado, era el inicio de una tendencia.
Ahora ya se cobra por jugar en equipo, por organizar un convivio familiar o por realizar actividades recreativas de cualquier domingo. Y esto ocurre mientras se ignoran problemas de fondo, como el impacto ambiental de proyectos recientes —ahí está el llamado “oasis jurásico”, con su alto consumo de agua y un costo de entrada de 300 pesos—, inaccesible para buena parte de la población.
Sí, es razonable que algunos espacios o servicios tengan costo para su mantenimiento. Nadie discute eso. Lo cuestionable es el abuso: cobros que durante años no existieron y que hoy aparecen sin claridad, sin reglas visibles y sin una justificación convincente.
Pongamos ejemplos: 400 pesos por una hora de fútbol, 500 por impartir una clase de yoga, 400 por un entrenamiento de sóftbol, y hasta 4,000 por usar una palapa. Más que una cuota, parece un intento de apropiarse de un espacio que durante décadas fue público, accesible y parte de la vida cotidiana de los potosinos.
Y entonces surge la pregunta inevitable: si el parque cuenta con un presupuesto cercano a los 240 millones de pesos —186 para Tangamanga I y 54 para Tangamanga II—, ¿dónde está ese dinero?
Porque en seguridad interna, por ejemplo, no se refleja. Los reportes de asaltos y acoso dentro del parque son cada vez más frecuentes. Para el mantenimiento integral y el verdadero fomento del deporte y la convivencia, pareciera que nunca alcanza. Pero para otras prioridades, siempre hay recursos.
La consecuencia de esto es clara: encarecer el acceso al esparcimiento termina por excluir. Y cuando se excluye, los espacios se abandonan. Lo que antes era punto de encuentro, tradición y vida comunitaria, poco a poco se convierte en un lujo.
La recreación no es un privilegio, es una necesidad. De ella depende, en gran medida, nuestra calidad de vida. Convertirla en negocio es un error que termina pagándose en lo social.
Queda la duda: ¿esto forma parte de un proyecto mayor o es simplemente una forma de recaudar a costa de lo público? Cada quien tendrá su conclusión.
Por lo pronto, ojalá esta primavera nos encuentre todavía con parques abiertos, accesibles y libres de cobros arbitrarios. Que no se pierda lo que por años ha sido el pulmón natural, un símbolo de convivencia para la ciudad.
Porque cuando lo público se empieza a cobrar sin medida, lo que está en juego no es el dinero… es el derecho.
El parque más grande de Latinoamérica RESISTIRÁ.
