La rabia que rompió el silencio: la UASLP entre el dolor, la furia y la desolación

La indignación fue el punto de partida. En esta ocasión no fue 2 pero si 20, octubre a fin de cuentas marcado por los movimientos estudiantiles, este lunes, el aire en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí se llenó de rabia contenida, de miedo y de un hartazgo que ya no cabía en el silencio. Una estudiante denunció ser violada dentro de su propia escuela, en las oficinas la FUP o en el plantel, el lugar es lo de menos, pero para ella, era donde debía sentirse más segura y la respuesta institucional fue, para muchos, un eco vacío.

Con carteles, rabia y una voz que temblaba, los alumnos comenzaron una protesta que no pedía otra cosa más que justicia. No exigían privilegios, solo coherencia: que los responsables fueran castigados y que la universidad no mirara hacia otro lado. Pero la falta de reacción inmediata encendió aún más la llama. Lo que empezó como una manifestación pacífica pronto se convirtió en un grito colectivo que resonó en cada rincón de la UASLP.

📲 Sigue nuestro canal de WhatsApp para más noticias: Únete aquí

Esa noche, los estudiantes de la Facultad de Derecho decidieron no irse. Pernoctaron en las instalaciones, cuidándose unos a otros, resguardando su movimiento. Padres de familia y ciudadanos llegaron para apoyarlos, llevando víveres, cobijas y palabras de aliento. La solidaridad se sintió genuina, como una llama que buscaba sostener la esperanza. Era la comunidad universitaria unida, pacífica, resistiendo en nombre de una causa justa.

Durante esas horas, trascendió que el director de la Facultad de Derecho, Germán Pedroza Gaitán, había presentado su renuncia, tal como exigía el pliego petitorio de los estudiantes. Junto con él, funcionarios también fueron separados del cargo. Las autoridades universitarias confirmaron además la expulsión de alumnos presuntamente implicados en el caso, hecho que fue ratificado en rueda de prensa la mañana del martes.

Sin embargo, las medidas no fueron suficientes para calmar el descontento. El martes todo fue caos. Desde temprano, los cierres viales se extendieron del oriente al poniente de la ciudad: desde la carretera 57 y Rutilo Torres hasta las glorietas del Real Inn y Bocanegra. Arterias principales como Salvador Nava Martínez, Venustiano Carranza, Cuauhtémoc, Himalaya y Madero quedaron paralizadas. San Luis Potosí se detuvo ante la furia y la impotencia de miles de estudiantes que ya no quisieron esperar más respuestas.

La ciudad entera se volvió eco del dolor universitario. Algunos marchaban en silencio, otros gritaban con el alma. Entre pancartas, llantos y coraje, la UASLP vivía uno de los días más tensos de su historia reciente.

La protesta era legítima. Nadie podía negar la razón ni el dolor que impulsó a cientos de jóvenes a salir a las calles. Incluso entre el tráfico, algunos automovilistas mostraban empatía; entendían que aquello era más grande que una simple marcha. Era el reflejo de un hartazgo colectivo.

Pero cuando la marea humana llegó al edificio central, todo cambió. Los alumnos desalojaron a directivos y al personal administrativo entre consignas y reclamos, exigiendo la renuncia del rector Alejandro Zermeño Guerra. Lo hicieron entre gritos de justicia y frustración contenida, sin imaginar que el momento se desbordaría.

El calor de los encapuchados —agitadores e infiltrados ajenos a la comunidad universitaria— rompió el equilibrio. Los ánimos se incendiaron. Algunos directivos fueron rociados con agua, empujados, insultados. Las botellas se convirtieron en proyectiles y la rabia, en caos. En cuestión de minutos, el edificio central se volvió un campo de tensión.

El momento en que comenzaron a agredir a los trabajadores fue indignante. Muchos de los mismos estudiantes que habían levantado la voz por justicia se quedaron paralizados, otros intentaron detener a los agresores, y hubo quienes lloraron al ver cómo un movimiento que nació desde el dolor y la esperanza se descomponía frente a sus ojos. El reclamo legítimo se manchó con la violencia que pretendía denunciar.

Las consignas se transformaron en gritos. En Plaza de Armas, el corazón de la capital, la multitud se desbordó. Condenaciones, insultos y empujones marcaron el momento más tenso del movimiento. Cientos de alumnos —acompañados por infiltrados— enfrentaron y acorralaron al personal administrativo, exigiendo la renuncia inmediata del rector.

El detonante fue una sola frase: “El rector está en la Ciudad de México.” La respuesta cayó como gasolina sobre el fuego. La multitud estalló. Algunos lloraban de frustración, otros gritaban con rabia; muchos solo observaban con miedo cómo el movimiento, nacido desde la esperanza, se transformaba en un torbellino de furia y descontrol.

Lo que comenzó como un reclamo estudiantil terminó por sacudir los cimientos de la política potosina. Desde el Congreso del Estado, la presidenta —la priísta Sara Rocha Medina — pidió públicamente la renuncia del rector Alejandro Zermeño Guerra. El presidente de la Junta de Coordinación Política, Héctor Serrano Cortés, también exigió una resolución inmediata.

El caso alcanzó a Morena, señalado por la presunta cercanía de uno de los agresores con simpatizantes del partido. Sus dirigentes se deslindaron y pidieron no politizar la causa. Pero para entonces, la protesta ya no era solo universitaria: era política, social y profundamente humana.

Esa misma noche, el silencio institucional se rompió. La abogada Urenda Navarro Sánchez confirmó la renuncia de Germán Pedroza Gaitán como director de la Facultad de Derecho, la expulsión de los estudiantes implicados en el abuso y la destitución de funcionarios, incluida la defensora de Derechos Universitarios, Magdalena González Vega.

Horas más tarde, la UASLP emitió un comunicado condenando los hechos violentos, denunciando la intromisión de grupos externos y reafirmando su política de cero tolerancia hacia cualquier forma de violencia.

El edificio central anocheció herido: cristales rotos, paredes rayadas, pasillos vacíos. Pero lo más roto no fueron los muros, sino la confianza. La comunidad universitaria quedó dividida entre la empatía y el desconcierto, entre el reclamo legítimo y el caos.

La universidad habló, sí, pero el dolor habló más fuerte. Y aunque los comunicados se publiquen, las renuncias se firmen y las puertas se vuelvan a abrir, algo cambió para siempre en la UASLP. Porque cuando la justicia tarda, el silencio se convierte en grito… y a veces, ese grito se desborda. «Siempre autónoma. Por mi patria educaré».

📨 Únete a nuestro canal en Telegram: Seguir canal

Trends de Acceso Informativo

Descubre más desde Acceso Informativo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo