El viento soplaba fuerte en la Alameda Juan Sarabia cuando comenzaron a reunirse. Las pancartas se movían, los pañuelos se agitaban y las fotografías impresas de mujeres desaparecidas temblaban entre las manos de quienes las sostenían. Eran las cinco de la tarde del 8 de marzo y el cielo también parecía cambiar de ánimo. Por la mañana el sol había iluminado San Luis Potosí con normalidad, pero conforme se acercaba la hora de la marcha las nubes comenzaron a cubrir el Centro Histórico, como si el clima supiera algo.
Primero llegaron algunas. Luego decenas. Después cientos. Niñas pequeñas tomadas de la mano de sus madres, adolescentes con carteles escritos a mano, mujeres jóvenes, adultas, abuelas. Algunas marchaban por primera vez. Otras regresaban un año más, con la misma exigencia: que las que faltan regresen y que las que fueron asesinadas no se conviertan en una cifra más.

La marcha apenas estaba comenzando cuando una mujer se acercó con los ojos húmedos y dijo algo que resumía el ambiente de toda la tarde.
—Apenas empieza… y ya estoy llorando.
No era la única.
Había lágrimas. Había rabia. Había una sensación compartida de abandono y de cansancio. Porque en México la violencia contra las mujeres dejó de ser un caso aislado hace mucho tiempo. Es una crisis que se repite todos los días.
Tan solo en 2025 casi 2 mil 800 mujeres fueron asesinadas en el país. Y aunque cada año se abren miles de investigaciones, solo alrededor del 5 por ciento de los casos termina con una sentencia, lo que refleja uno de los niveles de impunidad más altos en delitos de violencia contra mujeres.

En México además existen más de 100 mil personas desaparecidas, una cifra que sigue creciendo con el paso de los años. Detrás de cada número hay familias enteras que siguen esperando una llamada, una pista, un indicio que les diga dónde están. Por eso en la marcha no se hablaba de estadísticas. Se hablaba de nombres.
En San Luis Potosí comenzaron a escucharse entre la multitud mientras el contingente avanzaba desde la Alameda Juan Sarabia por Avenida de la Paz, Reforma y Venustiano Carranza hasta llegar a Plaza de los Fundadores.
Paola Guerrero, Karla Pontigo, Nataly Alonso, Fer Morán, Ale García, Samantha Rodríguez, Odalys Hipólito, Lupita Viramontes, cada nombre se gritaba con fuerza. Como si repetirlo fuera una forma de mantenerlas presentes.
El contraste llegó cuando la marcha pasó frente a la Fiscalía General del Estado. Ese mismo lugar donde, apenas esta semana, la fiscal Manuela García Cázares informó que en lo que va del año se han registrado cuatro muertes violentas de mujeres en San Luis Potosí, de las cuales dos fueron clasificadas como feminicidio y dos como homicidio, las cifras eran frías, técnicas, ordenadas en categorías jurídicas, pero frente a ese edificio no había estadísticas, había coraje.
Las paredes comenzaron a llenarse de pintas y las consignas se volvieron más fuertes. Entre todas ellas se repetía una frase que ya se ha convertido en símbolo de las movilizaciones feministas en México:
—¡Fuimos todas!

No era una confesión. Era una forma de decir que el dolor se comparte.
Que cuando una mujer desaparece, algo también se rompe en todas las demás. Entre los carteles aparecían mensajes escritos a mano que hablaban de protección y resistencia. “Soy la tía de la niña que jamás vas a tocar”. “Soy la hermana de las que no vas a tocar”. “Fui la primera en alzar la voz”.
El viento seguía soplando entre las calles del Centro Histórico cuando ocurrió uno de los momentos más tensos de la marcha. Entre la multitud comenzó a correr un rumor: una mujer de apellido Martínez y su bebé se habían perdido entre el contingente, la noticia recorrió la marcha como un escalofrío, de pronto varias mujeres se arrodillaron. Las consignas se detuvieron. El ruido desapareció. Durante unos segundos el silencio fue absoluto.

Era una escena breve, pero profundamente simbólica. Como si todas entendieran lo que significa perder a alguien. Como si por un instante la marcha recordara a las miles de mujeres que un día salieron de casa… y nunca volvieron.
Minutos después madre e hija aparecieron. El alivio recorrió el contingente. La marcha continuó su camino hasta Plaza de los Fundadores, donde las veladoras comenzaron a encenderse mientras caía la tarde. Entre carteles, fotografías y nombres escritos a mano quedó claro que la movilización no era solo una protesta. Era memoria.
Porque en México todavía hay demasiadas mujeres que no han vuelto a casa, y demasiadas familias que siguen esperando escuchar una frase que cambie todo, que alguien toque la puerta, que alguien marque el teléfono y que del otro lado finalmente digan, «ya apareció».
Cuando la tarde comenzó a caer sobre el Centro Histórico y las últimas consignas se fueron apagando, las calles quedaron marcadas por pintas, vidrios rotos, monumentos intervenidos y paredes cubiertas de nombres. Para algunas personas serán daños; para quienes marcharon son recordatorios. Cicatrices necesarias para que la memoria no se borre. Para que a las autoridades no se les olvide que detrás de cada carpeta de investigación hay una familia esperando.

Porque quienes toman decisiones rara vez sienten el vacío que deja una hija que no regresa, una hermana que desaparece o una madre que nunca vuelve a casa. Por eso el 8 de marzo las calles se llenan de voces. Es el día en que el mundo entero se acuerda de las que faltan.
El día en que miles de mujeres salen a recordarle al país que no son números, ni estadísticas, ni expedientes archivados. Son nombres. Son historias. Y mientras haya una sola que no regrese, cada año volverán a las calles para repetir lo mismo: no se nos olvidan.

