Llegaron con uniforme, papeles en mano y una mezcla de nervios y emoción. Hoy, en pleno ajetreo político, el Cabildo de San Luis Capital hizo una pausa para escuchar a quienes casi nunca tienen micrófono: las niñas y los niños.
La llamada Ciudad Amable se llenó de voces inocentes, pero no ingenuas. Voces que temblaban al inicio y luego crecían. Voces que no hablaron de partidos, ni de colores, ni de cálculos. Hablaron de agua, de parques, de canchas, de basura, de calles rotas y de miedo a salir a jugar.
Mientras ellos tomaban la palabra, sus papás los miraban con orgullo. Algunos grababan desde sus lugares; otros apenas contenían la sonrisa. No era cualquier escena: sus hijos estaban sentados donde se toman decisiones para toda una ciudad.
Algunos hablaron bajito, con la voz titubeante. Otros sorprendieron con una seguridad natural, casi como si hubieran nacido para estar ahí. Y, por momentos, parecían más políticos que los propios políticos, pero sin mañas, sin discursos vacíos, sin promesas recicladas.
Frente al alcalde Enrique Galindo Ceballos, pidieron lo básico: agua, seguridad, espacios para jugar, calles dignas. Incluso hubo quien pidió una biblioteca, como si en medio del ruido de la ciudad todavía quedara espacio para imaginar, leer y soñar.
La imagen fue extraña y poderosa: niñas y niños siendo adultos en el Día del Niño. Porque ser niño ya no es tan simple. Ya no se trata solo de jugar, correr o ensuciarse las rodillas. Ahora también cargan preocupaciones que deberían pertenecerle a los grandes.
El Cabildo Infantil no fue solo una ceremonia bonita. Fue un recordatorio. Una sacudida suave, pero profunda. Porque cuando la infancia habla, la política debería guardar silencio… y escuchar.
