La educación pública y obligatoria es una de las más grandes conquistas sociales promovidas desde hace más de un siglo: garantizar una educación laica, gratuita y obligatoria para todos. Y, sin embargo, ahí comienza el meollo del asunto.
Hoy vemos cómo, tras la oleada propagandística de una “Bonanza Sin Límites”, se ocultan los propios sepultureros de la bonanza educativa. Rectores y directores de diversos planteles son colocados “a modo”, cada vez con menos capacidad y mayor docilidad, para garantizar un apoyo político total y sin reservas. Surgen así lo que me gusta llamar “sucursales estudiantiles”: espacios donde prosperan las redes del partido gobernante y donde todo lo distinto, lo crítico o lo independiente, es censurado y devorado, como si la diversidad fuera una amenaza.
Y como si fuera poco, lograron ahora emboscar a los politécnicos. Por órdenes “de más arriba”, se impide que los maestros de esta Universidad propongan o inviten a ponentes que no sean afines al Partido Verde, ¿de verdad eso les hace ganar afinidad entre los alumnos?
Su objetivo parece claro: devorar a la presa mayor, ahogar por completo la educación universitaria y consumar un plan que, francamente, cuesta trabajo comprender, pero cuyos efectos son evidentes.
Entre tantos dimes y diretes, el estrangulamiento financiero de la Máxima Casa de Estudios —la Alma Mater de miles de potosinos, alguna vez llamada por el padrino con algo de desprecio “La Casa de los Desobligados”— ha dejado un daño profundo: nóminas sin cubrir, aulas deterioradas, docentes insuficientes y una matrícula que cae año con año. Todo por no entregar lo que, por derecho, corresponde.
Retomando el título, diría Emmanuel (sí, el de Mijares): “Cuando el sol se esté ocultando y en tus ojos brillen las estrellas”. Pero aquí no hablamos de amor. Mientras más se oculta el sol, más brillan los problemas; más se fractura el vínculo universitario y más se debilita la credibilidad del estudiantado hacia un gobierno que, lejos de escuchar, intenta reprimir como fue hace ya unos días con grupos de choque, que al final solo terminaron desfilando.
Todo esto no hace sino profundizar una herida ya abierta: la pérdida de confianza en las instituciones educativas. Una herida que podría empezar a sanar si, al menos, se cumple la promesa de saldar la deuda antes de finalizar el próximo mes.
Como universitarios —los que vienen, los que están y los que egresamos— sentimos la impotencia de ver cómo se pierde la autonomía, aquí y en otras universidades del estado, donde ya han permeado los tentáculos del poder. La deuda que hoy cargamos no es solo económica: es moral, académica y social. Una deuda que entierra sueños y esperanzas, fruto de los golpeteos políticos de un gobierno que, en su ambición de control, convierte a nuestra educación pública universitaria en un triste patiño del poder.
