Los nuevos horizontes sociales, económicos y políticos

Dicen que todo cambia, pero algunas cosas solo mudande piel. Loquehoy vemos en México y en el mundo es un capitalismo que ha aprendido a maquillarse, a disfrazar sus abusos con el lenguaje de la prosperidad y el progreso. Pero detrás del brillo, sigue el mismo rostro voraz: un sistema que solo sabe crecer devorando.

Hoy, mientras el gobierno mexicano defiende la “solidez” denuestra economía, la amenaza deuna recesión técnica golpea la puerta. Las guerras arancelarias de Trump —ese eterno showman que usa el poder como si escogiera su propio reality— nos recuerdanla fragilidad de nuestra supuesta autonomía económica. ¿Qué tan soberanos somos si una sola firma en Washington puede hundir nuestras exportaciones, cerrar fábricas, despedir obreros?

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«La dependencia económica no se rompe con discursos, sino con decisiones incómodas», medijohace añosunviejo profesor de derecho económico. Hoy, sus palabras resuenan mientras veo cómo las promesas de soberanía sedes moronanal primer arancel impuestodesde el norte.

Y no es solo Trump. Eso; la máscara que lo sostiene: un capitalismo global que convierte a las personas en números y a los países en tableros de su juego geopolítico. Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum apuesta por megaproyectos y reformas judiciales que muchos celebran como avances progresistas, ¿no deberíamos preguntarnos si esas apuestas realmente desafíanel ordenestablecido… o si solo lo maquillande otro color?

Porque las reformas judiciales que prometen democratizar la justicia podrían acabar politizándola. Porque los megaproyectos que prometen desarrollo podrían perpetuar el despojo y la devastación ambiental. Porque los acuerdos internacionales que prometen crecimiento podrían mantenernos atados al capricho deun mercadoqueno controlamos.

«Cuando trabajé en una comunidad afectada por la construcción de un gasoducto, vi cómo el ‘progreso’ llegaba primero con bulldozers antes que con consultas», me contó una colega activista la semana pasada. Y su testimonio es unespejode loque tantas comunidades viven hoy: el desarrollo impuesto sindiálogo, sin derechos, sinjusticia.

Y mientras tanto, la polarización política se vuelve espectáculo. Zedillo revive fantasmas del pasado. Sheinbaum responde desenterrando los pecados de su sexenio. La derecha se viste de salvadora mientras la izquierda se atrinchera. Y en medio, nosotros: ciudadanos atrapados entre lanostalgia y la promesa, entre la memoria y lapropaganda.

¿Qué horizonte nos queda? ¿Uno donde seguimos aplaudiendo al capitalismo con rostro humano mientras nos ahoga con manos invisibles? ¿Uno donde seguimos confiando en que las viejas recetas —más inversión, más infraestructura, más tratados— arreglarán lo que nunca han arreglado?

Tal vez sea momento de arrancar las caretas. De dejar de buscar líderes que nos salven y empezar a construir desde abajo, sinesperar que el mercado, el tratado o el caudillo de turno hagan por nosotros lo que solo la organización social puede lograr.

Porque los nuevos horizontes no están en los discursos de campaña ni en los acuerdos de salón. Están en las calles, en las comunidades, en las manos de quienes ya no creen en las promesas vacías. Y si no somos capaces de verlos, de cuestionar lo que nos dicen que es “progreso”, solo caminaremos hacia adelante… pero con los ojos cerrados.

¿Qué horizonte eliges mirar? ¿El que brillao el que revela?

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