Hoy les escribo desde la frustración, desde la rabia y la tristeza que nos embargan ante la lamentable situación que ocurre en nuestro país. La dura realidad que, día con día, vivimos en materia de inseguridad y que a todos nos afecta: en casa, en el trabajo, desde donde estemos siempre corremos con el miedo a ser asaltados, violentados, y más aún, en el caso de las mujeres, que enfrentan muchas más agresiones, hasta llegar a los asesinatos y feminicidios que ocurren cada día en este territorio.
Una vez más, nuestro país está de luto. En plena festividad de Día de Muertos ocurrió una tragedia que marcó por completo a Uruapan, a Michoacán y a México: el asesinato de Carlos Manzo.
La noche del 1.º de noviembre, un hecho que no es para nada aislado, sacudió a México: el cobarde y vil asesinato de un prócer de la defensa de los derechos de su pueblo, uno de los pocos servidores públicos que día con día luchó contra el crimen organizado en su municipio, desde su trinchera.
No pedía dinero, mucho menos privilegios. No pedía nada fuera de lo normal: solo justicia y seguridad.
Pero desde el Palacio de Gobierno michoacano —que, por cierto, ya fue tomado por la raza de carne y hueso, esos que no son bots— y desde el mayor de los palacios, hicieron menos el llamado de auxilio del mandatario municipal. Peor aún, continuaron descalificándolo y permitiendo que el crimen organizado tomara las riendas de la situación.
Definitivamente, luchar contra los narcotraficantes parece tarea fácil cuando se habla desde un micrófono todas las mañanas, usando la absurda retórica de “abrazos y no balazos” de la Cuarta Deformación. Nada de eso es real. El trabajo que Carlos realizó fue frontal, contundente y valiente. Por ello fue tan bien valorado, y hoy continuará dejando un legado.
La estrategia de la presidenta habla de cero impunidad, de un Estado de derecho, de justicia y de usar la inteligencia y la investigación para derrotar al crimen organizado. Pero el principal argumento para no cumplir las promesas sigue siendo culpar al pasado.
Absurdo suena este discurso cuando llevas siete años en el poder; tan absurdo que solo refleja la ineficiencia de la estrategia.
Las manifestaciones no cesarán. Algo se rompió en el alma de este país: fue un golpe durísimo a la esperanza, a la democracia, a la familia, a la valentía y a la utopía de una política digna.
Porque si no nos espanta lo que pasa en México —la inseguridad, las desapariciones diarias, los asesinatos a la vista de todos— entonces estamos muy mal. Pero si sí nos espanta y no actuamos, estamos peor.
Y en ese caso, no nos quejemos: lamentablemente, nos merecemos cada centímetro de lo que está pasando.
Que en gloria esté.
