“No todos los hombres”. Lo sabemos…De verdad: lo sabemos.
No necesitamos que aparezca alguien cada vez que hablamos de violencia sexual para recordarnos que existen hombres que nunca han violado, acosado, golpeado, explotado sexualmente o asesinado a una mujer. La pregunta que me interesa hoy es otra:
¿Dónde están esos hombres? ¿Dónde están cuando los hombres que sí violentan aparecen?
Esta semana mis redes sociales están inundadas por el caso de una joven que denunció haber sido víctima de una agresión sexual grupal en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos. Los hechos denunciados ocurrieron en octubre de 2024. La joven, entonces de 20 años, sostiene en una demanda civil presentada este septiembre que fue drogada y agredida sexualmente durante horas por siete integrantes de la fraternidad Chi Phi. El caso ha vuelto a ocupar la conversación pública después de que la fiscalía del condado de Tompkins anunciara la reapertura de la investigación penal y que el asunto será presentado ante un gran jurado.
Entre los elementos que hoy se conocen existen mensajes de un grupo de Snapchat de miembros activos de la fraternidad. De acuerdo con la demanda y con información obtenida por CBS, durante aquella noche apareció un mensaje que, utilizando una expresión profundamente deshumanizante, anunciaba a una mujer como sexualmente disponible. Después hubo respuestas preguntando si aquello seguía “abierto”.
No voy a reproducir aquí los detalles más gráficos. No hacen falta.
Porque esta columna no trata solamente de siete hombres. Trata de todos los que estaban alrededor. Y, sobre todo, trata de los que estamos alrededor nosotros.
¿Dónde están los hombres?… Eso es lo que llevo días preguntándome.
Mis redes están llenas de mujeres hablando del caso. Mujeres indignadas. Mujeres explicando el consentimiento. Mujeres hablando de violencia sexual. Mujeres intentando explicar nuevamente qué significa la cultura de la violación.
Y me puse a buscar a los hombres. A mis amigos. A mis compañeros abogados. A quienes trabajan en derechos humanos. A quienes públicamente se consideran progresistas, aliados, defensores de las mujeres, de las infancias, de la igualdad.
Y encontré muchísimo menos.
Entonces quiero preguntarles directamente: ¿Dónde están? No quiero que me expliquen que ustedes jamás harían algo así. Quiero saber qué hacen cuando otro hombre lo hace.
Porque quizá ahí está una de las conversaciones que nos ha faltado durante años. Las mujeres llevamos décadas hablando entre nosotras sobre cómo sobrevivir a la violencia.
Nos enseñamos a compartir ubicación. A mandar la placa del Uber. A avisar cuando llegamos. A acompañarnos al baño. A no dejar sola a una amiga intoxicada. A identificar conductas violentas. A reconocer relaciones abusivas. A denunciar. A creerle a una amiga. A intervenir. A cuidarnos.
Nosotras ya estamos teniendo esa conversación. ¿Qué conversación están teniendo ustedes?
La cultura de la violación no empieza con una violación. Hay una idea que necesitamos entender de una vez: La cultura de la violación no existe únicamente cuando un hombre viola a una mujer. Es precisamente una -cultura- porque existe un entramado mucho más amplio que normaliza la utilización del cuerpo de otras personas, particularmente mujeres, niñas y adolescentes, como objeto sexual disponible.
Está en el acoso callejero que los amigos celebran.
En compartir fotografías íntimas sin consentimiento.
En pasar “packs” por grupos de WhatsApp.
En grabar relaciones sexuales sin autorización.
En utilizar inteligencia artificial para desnudar digitalmente a una compañera.
En crear deepfakes sexuales de mujeres y adolescentes.
En intercambiar contenido sexual de menores.
En las bromas sobre emborrachar a una mujer para “tener oportunidad”.
En ver que un amigo está aprovechándose de alguien intoxicado y decidir que no es tu problema.
En recibir una fotografía íntima que claramente no estaba destinada para ti y, en lugar de borrarla, reenviarla.
En escuchar a otro hombre presumir una conducta violenta y guardar silencio.
En saber.
Y no hacer nada.
Muchas de esas conductas, además, dejaron hace mucho tiempo de ser solamente una discusión moral: pueden constituir delitos. En México hemos tenido que transformar nuestras leyes precisamente porque durante años la violencia digital y sexual fue tratada como una travesura, una broma o una consecuencia que debía soportar la víctima. Las reformas conocidas socialmente como Ley Olimpia ayudaron a reconocer jurídicamente la violencia digital y la difusión de contenido íntimo sexual sin consentimiento.
Pero ninguna reforma legislativa alcanza si culturalmente seguimos diciendo: “Yo no fui”. “Yo nunca haría eso” no es suficiente.
Porque ahí está justamente el problema con el eterno: “Not all men”. Perfecto. No todos los hombres.
Entonces necesito algo de esos hombres que no son. Necesito que hablen. Pero, sobre todo, necesito que -hablen entre ustedes-. Porque las mujeres podemos escribir miles de columnas. Podemos impartir talleres. Podemos reformar códigos penales. Podemos crear protocolos. Podemos acompañar víctimas. Podemos marchar. Podemos denunciar. Podemos explicar consentimiento hasta quedarnos sin voz.
Pero hay conversaciones a las que nosotras no tenemos acceso.
-El grupo de WhatsApp de los amigos.
-La despedida de soltero.
-El vestidor.
-La fraternidad.
-La fiesta.
-La mesa donde alguien hace “esa” broma.
-El chat donde alguien comparte una fotografía.
-La conversación donde un amigo cuenta algo que hizo con una mujer intoxicada.
Ese espacio donde quizá no hay ninguna mujer presente para decir: “Eso no está bien.”
Ahí los necesitamos. No cuando hay una marcha para tomarse una fotografía. Ahí. Ser un “buen hombre” no debería significar solamente no violar. El estándar está ridículamente bajo si la definición de un buen hombre consiste simplemente en: “Yo jamás violaría a una mujer”. Qué bueno.
Ese debería ser el mínimo absoluto para existir en sociedad. La pregunta siguiente es mucho más complicada: ¿Qué haces cuando otro hombre cruza la línea? ¿Le dices algo? ¿Lo confrontas ¿Detienes la situación? ¿Proteges a la persona que está siendo violentada? ¿Pides ayuda? ¿Denuncias? ¿O decides que “no quieres meterte en problemas”?
Porque también existe violencia cuando alrededor del agresor se construye una comunidad suficientemente cómoda para que pueda actuar.
El caso Cornell resulta especialmente perturbador precisamente por eso. No sólo por las acusaciones contra siete personas, sino porque la demanda describe un entorno en el que un mensaje que convertía a una mujer en algo sexualmente disponible podía circular en un chat colectivo y generar respuestas. La fraternidad -tenía 57 miembros activos- ese semestre, aunque no podemos afirmar que todos vieran aquel mensaje. Lo que sí muestran las conversaciones conocidas públicamente es que hubo interacción alrededor de él.
Eso debería hacernos una pregunta mucho más grande: ¿qué tiene que ocurrir culturalmente para que alguien considere siquiera posible enviar ese mensaje? Porque quien escribe algo así probablemente espera algo del grupo. Risas. Silencio. Participación. Normalización. Cualquier cosa menos rechazo.
Y ahí empieza la cultura de la violación… Muchísimo antes del Código Penal.
No odiamos a los hombres, también quiero decir algo porque siempre aparece esta caricatura del feminismo: “Es que ustedes odian a los hombres”.
No.
Yo no odio a los hombres.
Odio que violen.
Odio que asesinen mujeres.
Odio que exploten sexualmente a niñas y niños.
Odio la trata.
Odio el acoso.
Odio que compartan contenido íntimo sin consentimiento.
Odio que utilicen tecnología para fabricar pornografía de mujeres reales.
Odio que una mujer tenga que modificar toda su vida porque alguien decidió que su cuerpo era de dominio público.
Y también me enfurece el silencio.
Porque llevo años trabajando desde los derechos humanos y sé cuánto esfuerzo ponemos las mujeres en intentar prevenir estas violencias. Pero la prevención no puede seguir siendo una responsabilidad exclusivamente femenina. No podemos seguir enseñando solamente a las niñas cómo evitar ser violentadas.
Tenemos que preguntarnos qué estamos enseñando a los niños sobre consentimiento, sexualidad, poder, pornografía, intimidad, masculinidad y responsabilidad frente a sus propios amigos.
Y los hombres adultos también tienen trabajo pendiente. Así que sí: no todos los hombres. Pero demasiadas veces son hombres quienes ejercen estas violencias. Y demasiadas veces son otros hombres quienes las observan, escuchan, minimizan, celebran o simplemente deciden no involucrarse.
Por eso, cuando alguien responda: “No todos los hombres”.
Quizá la respuesta debería ser: Perfecto. Entonces necesitamos a los que no. Necesitamos que aparezcan. Que hablen. Que cuestionen. Que incomoden. Que detengan. Que denuncien. Que tengan conversaciones entre ustedes que no comiencen cuando una mujer vuelve a ser violentada.
Porque la cultura de la violación no empieza únicamente cuando alguien comete una violación. Empieza muchísimo antes. Empieza cuando un hombre dice algo profundamente violento sobre una mujer y nadie en la mesa le dice nada. Cuando alguien comparte una fotografía y nadie pregunta si ella autorizó compartirla. Cuando alguien presume que tuvo sexo con una mujer demasiado intoxicada y sus amigos se ríen. Cuando llega un mensaje a un grupo y nadie pregunta: “¿Ella está bien?” Ahí empieza. En la normalización. En la complicidad. En la risa. En el silencio.
Y por eso mi pregunta no es para las mujeres esta vez.
Nosotras llevamos años hablando.
Mi pregunta es para ustedes: Hombres, ¿dónde están?
Y, todavía más importante: …cuando ninguna mujer está presente para escucharlos, ¿qué están haciendo ustedes para que otro hombre no se convierta en agresor?
