Nos pidieron cerrar las piernas: Nuestro útero no es política pública

Tengo una teoría bastante sencilla sobre México:

Nos encantan las mujeres embarazadas.

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La maternidad nos parece preciosa.

La familia es “el pilar de la sociedad”.

La niñez es el futuro.

Y últimamente, además, la natalidad preocupa muchísimo.

Qué curioso.

Porque parece que el Estado está muy preocupado por cuántos hijos vamos a tener, pero no tanto por preguntarse en qué condiciones los vamos a criar.

Nos pidieron que cerráramos las piernas y lo hicimos.

Durante años nos dijeron que una mujer decente debía cuidarse, no “andar de fácil”, evitar embarazos, cerrar las piernas y, de preferencia, cargar solita con las consecuencias.

Y ahora resulta que la patria necesita bebés.

Pues qué pinche conveniente.

Porque cuando una mujer queda embarazada, la responsabilidad parece ser exclusivamente suya.

Cuando nace el niño, también.

Cuando hay que cuidarlo, llevarlo a la escuela, faltar al trabajo porque se enfermó, conseguir quién lo cuide, alimentarlo, vestirlo, protegerlo y criar a una persona funcional, otra vez ella.

Pero cuando faltan niños en las estadísticas de natalidad, ahí sí aparece el Estado preguntando:

¿Y ustedes cuándo van a tener hijos?

Perdón, ¿para qué?

¿Para un mercado laboral que castiga la maternidad?
¿Para un país donde una mujer puede denunciar violencia y seguir enfrentándose durante años a las consecuencias?

¿Para un sistema que todavía está aprendiendo a contar a los niños que quedan huérfanos cuando asesinan a sus madres?

Porque sí: apenas este año México comenzó a construir un Registro Nacional de niñas, niños y adolescentes en orfandad por feminicidio.

No es que no existiera ninguna atención antes: desde 2021 hay un protocolo nacional para estos casos. Pero apenas en 2026 se instaló el grupo de trabajo para crear el registro nacional que permita saber quiénes son esos niños y dónde están.

En otras palabras:

llevamos años sabiendo que existen y apenas estamos construyendo la manera de contarlos.

Mientras tanto, durante 2025 hubo más de diez mil reportes de desaparición de niñas, niños y adolescentes en México. Treinta y un reportes al día, en promedio. Y miles seguían sin ser localizados.

Por eso la historia que circuló esta semana sobre dientes de leche encontrados en una posible fosa en Michoacán me resulta imposible de mirar como simple nota roja.

No voy a decir que fueron 1,600 niños. No lo sabemos.

No voy a convertir restos humanos en contenido para generar clics.

Y precisamente por eso se tiene que investigar.

Porque si las madres buscadoras dicen que encontraron algo, la respuesta de una institución no puede ser simplemente:

“Yo no tengo registro.”

Pues vaya.

Ve y regístralo.

Investígalo.

Perítalo.

Identifícalo.

Descarta lo que tengas que descartar.

PERO HAZ TU PINCHE TRABAJO.

Porque las madres ya están haciendo el suyo.

Y aquí es donde la cosa se vuelve todavía más incómoda.

En San Luis Potosí registramos 5,923 casos de violencia familiar entre enero y julio de este año, con una tasa superior a la media nacional. En la capital fueron 2,191 carpetas solamente durante el primer semestre.

No estamos hablando de una estadística abstracta.

Estamos hablando de casas.

De niñas escondidas en una habitación.

De mujeres buscando cómo sacar a sus hijos de una relación violenta.

De madres que trabajan mientras alguien más cuida a sus hijos.

De mujeres que no pueden darse el lujo de dejar un empleo porque necesitan comer.

De niños que aprenden demasiado pronto que la palabra “familia” también puede significar miedo.

Y después tenemos la desfachatez de preguntarnos por qué las mujeres están teniendo menos hijos.

Nos pidieron que cerráramos las piernas.

Lo hicimos.

Y ahora quieren que las abramos otra vez para solucionar la crisis demográfica.

No, señores.

El útero no es una ventanilla de trámites del Estado.

Gestar es trabajo.

Parir es trabajo.

Criar es trabajo.

Cuidar también.

Y durante generaciones las mujeres hemos creado buena parte de la fuerza laboral mientras hacemos, además, el trabajo invisible que permite que esa fuerza laboral exista.

Entonces quizá antes de pedirnos más hijos habría que preguntarnos algo mucho más básico:

¿Dónde están las guarderías?

¿Dónde están los salarios dignos?

¿Dónde están las redes de cuidado?

¿Dónde está la seguridad?

¿Dónde está la justicia?

¿Dónde está el acompañamiento para las mujeres víctimas de violencia?

¿Dónde están los niños cuando su madre es asesinada?

¿Dónde están cuando desaparecen?

¿Quién los busca?

¿Quién los cuida?

¿Quién los cuenta?

Porque una cosa es decir que la niñez es el futuro.

Y otra muy distinta es comportarse como si fuera responsabilidad exclusiva de las mujeres mantener ese futuro con vida.

No quiero un país que me diga que tenga más hijos.

Quiero un país donde una mujer pueda decidir tenerlos sin que eso signifique condenarse a la precariedad.

Quiero un país donde una niña pueda crecer sin aprender a tener miedo.

Quiero un país donde un niño desaparecido active todas las alarmas antes de que su madre tenga que salir con una pala.

Y quiero un país donde una madre no tenga que convertirse en investigadora, trabajadora social, perita, buscadora y defensora porque las instituciones llegaron tarde.

Así que sí.

Nos pidieron que cerráramos las piernas.

Y aprendimos.

Ahora aprendan ustedes a sostener lo que tanto dicen querer proteger.

Porque si este mundo algún día deja de existir, quizá no sea porque las mujeres dejamos de parir.

Quizá sea porque durante demasiado tiempo se nos pidió que lo sostuviéramos todo…

y se nos dio demasiado poco a cambio.

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