Sede con fisuras: México presume seguridad social mientras su salud pública se desmorona

México fue, hace unos días, la sede de la XXXI Asamblea General de la Conferencia Interamericana de Seguridad Social (CISS). El evento, presidido por el director del IMSS, Zoé Robledo, reunió a representantes de toda América Latina y el Caribe en torno a un mismo objetivo: fortalecer la cooperación regional en materia de seguridad social. Entre discursos solemnes y fotos institucionales, Robledo presentó la ponencia “Porvenir: un futuro con bienestar. La seguridad social en la 4T”, fue ratificado como presidente de la CISS y celebró la elección de Pedro Kumamoto como nuevo secretario general del organismo para el periodo 2025–2028.

El foro, en apariencia, fue una muestra de legitimidad y liderazgo regional. México, país anfitrión, se colocó en el escaparate diplomático de la seguridad social. Sin embargo, detrás de los aplausos y de los mensajes sobre “bienestar” y “transformación”, la realidad cotidiana del sistema de salud mexicano cuenta una historia muy distinta: hospitales saturados, pacientes sin medicamentos, médicos agotados, clínicas sin insumos, y millones de personas —derechohabientes o no— que siguen sin acceso efectivo a la atención médica.

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En su discurso, Robledo habló de avances: la inclusión de 2.4 millones de trabajadoras del hogar en la seguridad social, la incorporación de trabajadores independientes y de plataformas, la creación de mil Centros de Educación y Cuidado Infantil con capacidad para medio millón de niños, y el crecimiento de las reservas financieras del IMSS, que —según afirmó— garantizarían su solvencia hasta 2037. Pero las cifras optimistas contrastan con las que llegan desde hospitales, farmacias y comunidades donde la salud pública mexicana se sostiene, literalmente, con lo que hay.

Durante 2024, el IMSS dejó de surtir más de 11 millones de piezas de medicamento, lo que representa alrededor de 4.5 millones de recetas sin cubrir. Miles de pacientes con enfermedades crónicas, cáncer o padecimientos infantiles vieron interrumpidos sus tratamientos. En Oaxaca, el personal sanitario realizó paros por la falta de insumos básicos, y hospitales en Puebla y otras entidades suspendieron cirugías por no contar con materiales. En muchos centros del país, la frase “no hay” sigue siendo la respuesta más común cuando una persona intenta surtir una receta médica.

El desabasto no solo afecta a los afiliados del IMSS o ISSSTE. La población sin seguridad social —más de 50 millones de personas— quedó en un limbo tras la desaparición del Seguro Popular. El IMSS-Bienestar, creado para cubrir esa brecha, enfrenta carencias de personal, saturación en clínicas rurales y una falta estructural de medicamentos y equipamiento. Los no derechohabientes, que deberían recibir atención gratuita, terminan haciendo filas eternas o pagando de su bolsillo servicios que el Estado promete como universales. Y quienes sí cotizan, muchas veces, tampoco encuentran atención oportuna, especialistas disponibles ni continuidad terapéutica.

En ese contexto, la narrativa de “suficiencia financiera” suena hueca frente a la vivencia de miles de personas que esperan meses por una cita, son referidas de hospital en hospital o mueren esperando un diagnóstico. No se trata solo de presupuesto, sino de un sistema fragmentado, burocratizado y profundamente desigual. Las promesas institucionales no alcanzan a cubrir la distancia entre la estadística y la experiencia.
Pero las grietas del sistema sanitario no se limitan a los pacientes: también alcanzan a quienes sostienen el sistema. Los médicos internos y residentes, base del aparato hospitalario, viven una crisis silenciosa. Diversos estudios revelan que casi el 90 % de los residentes en México sufre burnout, el 71 % padece depresión, y más de la mitad asegura que estas condiciones afectan la atención a sus pacientes. Casos de acoso, humillaciones y maltrato dentro de hospitales son recurrentes; muchos jóvenes médicos enfrentan jornadas de hasta 36 horas, sin descanso adecuado, ni compensaciones justas. En palabras simples: quienes deberían estar formándose para salvar vidas, muchas veces sobreviven dentro de instituciones que los enferman.
A eso se suma la violencia estructural que atraviesa el entorno educativo y profesional. No solo se manifiesta en los hospitales: también golpea las aulas. Los recientes episodios de violencia en instituciones como el CCH Sur de la UNAM, donde un estudiante asesinó a otro dentro del plantel, son un reflejo del deterioro del tejido social y del abandono del Estado en materia de seguridad y salud mental. Las escuelas, que deberían ser espacios de desarrollo y protección, se han convertido en escenarios de miedo e incertidumbre.

Así, mientras el país celebra haber sido sede de la CISS —un foro dedicado, precisamente, a la seguridad social—, en la vida real la seguridad más básica, la de la salud, tambalea. La paradoja es dolorosa: México se presenta ante el continente como ejemplo, mientras su sistema sanitario es incapaz de garantizar medicinas, atención digna o formación profesional segura para sus propios trabajadores.
Pedro Kumamoto, en su nuevo papel, habló de la necesidad de “gradualidad” y de construir sistemas de cuidados sostenibles hacia 2035. Es un discurso más realista, menos triunfalista. Pero incluso la gradualidad exige decisiones políticas firmes y presupuestos sólidos. Y mientras las autoridades se felicitan en los foros internacionales, las personas siguen enfrentando la crudeza de un país donde enfermarse sigue siendo una lotería social.

Ser sede de la CISS no debería ser una medalla diplomática, sino un recordatorio de lo que todavía falta. El verdadero liderazgo no se mide por la cantidad de discursos o convenios firmados, sino por el hecho de que un paciente con cáncer reciba su tratamiento a tiempo, que una madre trabajadora pueda dejar a su hijo en una guardería segura, que un residente médico no tema ser humillado por su superior y que una estudiante universitaria no muera en el aula.

México puede presumir foros, pero la verdadera conferencia que urge escuchar ocurre todos los días, en silencio, en las salas de espera, en los quirófanos improvisados, en los pasillos llenos de camillas y en las farmacias vacías. Allí se debate, de verdad, el futuro de la seguridad social.

Gabriela Silva
Abogada Corporativa & Consultora DDHH
Kolibri Studio Legal
Abogada Disruptiva

Referencias

● Instituto Mexicano del Seguro Social (2025). Zoé Robledo destaca transformación de la seguridad social durante XXXI Asamblea General de la CISS. Recuperado de https://www.gob.mx/imss/prensa/zoe-robledo-destaca-transformacion-de-la-seguridad-social-durante-xxxi-asamblea-general-de-la-ciss
● Infobae (2025, julio 8). Zoé Robledo desmiente colapso del IMSS y defiende suficiencia hasta 2037. Recuperado de https://www.infobae.com/mexico/2025/07/08/zoe-robledo-desmiente-colapso-del-imss-y-defiende-suficiencia-hasta-2037/
● El País (2025, junio 5). La falta de medicamentos e insumos en hospitales lleva al personal sanitario al paro indefinido. Recuperado de https://elpais.com/mexico/2025-06-05
● Medscape Español (2025). Burnout y salud mental en médicos residentes mexicanos. Recuperado de https://espanol.medscape.com/verarticulo/5911941
● El Economista (2025, septiembre 4). Kumamoto: la construcción del sistema de cuidados requiere gradualidad. Recuperado de https://www.eleconomista.com.mx/economia/construccion-sistema-cuidados-requiere-gradualidad-20250904-775864.html

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