Donde la ciudad se surte… y las historias se cruzan: crónica desde el Mercado de Abastos

San Luis Potosí, SLP.– El Mercado de Abastos despierta antes que la ciudad. Cuando todavía hay sombras en el cielo y el café apenas empieza a hervir en las casas, aquí ya se escuchan motores, cajas golpeando el piso y diablos rodando entre pasillos húmedos. A las cinco de la mañana el corazón comercial de San Luis Potosí ya late con fuerza. Pero hace unos días, ese corazón fue herido en sus entrañas.

Una riña con elementos de la Guardia Civil Estatal puso al mercado en el centro de la conversación pública. Videos, gritos, tensión. Desde afuera, la imagen fue la del caos. Desde adentro, la sensación fue otra: la de un hartazgo acumulado. Porque caminar el mercado no es caminar un foco rojo. Es caminar una comunidad.

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Está el cargador de mirada dura y manos curtidas, al que cualquiera juzgaría sin conocerlo. El que parece rudo, pero es el primero en arrimar el hombro cuando un compañero no puede con la carga. Trabaja desde que amanece hasta que el cuerpo le responde, porque en casa hay hijos que esperan.

Está la señora de la bodega, la que sabe exactamente cuántas cajas entran y cuántas salen. La que regaña, pero también cuida. La que ve a los trabajadores más que a su propia familia. Aquí el trabajo se mezcla con la vida.

Entre jitomates brillantes, montañas de lechuga, costales de chile seco y el aroma de las especias, el lenguaje cotidiano son los albures y las bromas. “¡Pásele, madre! ¿Qué le damos? Bonito, barato y fresco!”, se escucha mientras las marchantas —la base del mercado— revisan la mercancía con confianza.
El ambiente es rudo, sí. Pero también es solidario.

Los locatarios hablan de revisiones constantes, de tratos que perciben como intimidantes, de una sensación de ser observados con desconfianza permanente. Dicen que no fue violencia gratuita, sino una reacción al cansancio. A sentirse hostigados. A defender su espacio como quien defiende su casa.

Porque eso es el mercado para ellos: su casa grande. Aquí se cuidan. Si uno cae, los demás levantan. Si alguien falta, se nota. Y más allá del ruido, lo que predomina es el esfuerzo diario. Jornadas de más de doce horas para sostener no solo sus familias, sino el alimento que llega a miles de hogares potosinos.

En medio de todo, el patronato ha comenzado a modernizar un espacio que durante 50 años casi no cambió. Mejoras de imagen, ajustes de infraestructura, intentos por actualizar sin borrar la esencia. Porque el Mercado de Abastos no quiere quedarse atrás; quiere seguir siendo el motor que abastece a la ciudad.

Y entre cargas y descargas, siempre hay tiempo para una gordita recién inflada, unos taquitos mañaneros o una comida corrida que sabe a hogar. El mercado también se come, también se comparte.

Al caer la tarde, cuando el movimiento baja y el piso queda marcado por el trajín, queda claro que el Mercado de Abastos no se explica por un altercado ni por un video viral. Se explica por su gente. Despierta antes que la ciudad. Trabaja más que muchos. Y pese a las heridas recientes, sigue latiendo con la misma esencia: la de una familia que solo pide una cosa —que la dejen trabajar en paz.

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