Criminalizar se ha vuelto la retórica constante en Palacio Nacional. Dudar del progresismo ajeno y alardear del propio parece ser el deporte favorito en la Presidencia, sobre todo cuando sus reformas resultan tan regresivas. Hoy, una vez más, somos víctimas de ello.
La más reciente medida —que entrará en vigor el 1 de enero del próximo año— es quizá una de las más controvertidas: el impuesto a los llamados “videojuegos violentos”. Una decisión que parece ignorar por completo las verdaderas causas de la violencia e inseguridad en el país.
Todos recordamos con cariño aquellos juegos que marcaron nuestra infancia —desde Pac-Man y Galaga, pasando por Mortal Kombat o GTA, hasta títulos más recientes como Call of Duty, Fortnite y Warzone.
¿Pues qué creen? Todo ese cariño podría convertirse en simple nostalgia.
La felicidad y el entretenimiento que representan los videojuegos son, además, una fuente económica de gran importancia. Tan solo en 2024, la industria del videojuego generó 2,300 millones de dólares, mientras que la del streaming de videojuegos alcanzó 1,900 millones de dólares anuales, solo en México.
Todo esto está en riesgo por los impuestos regresivos y la excesiva carga fiscal que se pretende imponer: un 8% adicional al costo total, lo que permitiría recaudar unos 183 millones de pesos, pero también encarecería los videojuegos hasta en un 24%. El resultado: una disminución en el consumo, en la inversión y en el desarrollo de futuros proyectos —muchos de ellos creados por talento mexicano.
La llamada “política de la deformación” se ha encaminado hacia la regresión y la censura, disfrazadas de un supuesto progresismo, pero con intenciones tan maquiavélicas que evocan el sexenio de Díaz Ordaz, cuando se prohibieron las bandas de rock que, paradójicamente, sembraron las raíces de la protesta juvenil.
A título personal, en lugar de prohibir, debemos regular. Esto aplica prácticamente en todo. Poner candados, cerrar puertas o prohibir —como ocurrió con los vapes— solo incentiva el mercado negro y frena la economía. Es algo que la mayoría morenista no parece entender, cuestionando incluso la autenticidad del progresismo que dicen representar.
Diversos estudios internacionales han demostrado que no existe relación causal entre los videojuegos violentos y el comportamiento violento. Por eso, en lugar de asustar a una industria tan relevante, deberíamos impulsarla y fortalecerla.
Así que ya lo saben: hoy y siempre, promovamos la regulación, no la prohibición.
Y si no están de acuerdo… que lo demuestren.
