Hoy San Luis se vistió de gris

Ayer salió el sol. Hoy, como si se hubiera puesto de acuerdo con la ciudad, San Luis Potosí amaneció gris. Las nubes cubrieron el cielo y por momentos cayó una lluvia tenue, de esas que apenas alcanzan a mojar las calles pero que cambian por completo el paisaje. Horas después llegó una noticia que hizo que aquel color gris dejara de estar solamente en el cielo: un estudiante murió en las instalaciones de la Zona Universitaria Poniente de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

No fue un impresionante despliegue de patrullas el que permitió entender la dimensión de lo ocurrido. Había poco movimiento policiaco y un dispositivo discreto. A simple vista, la Universidad parecía intentar continuar con la rutina de cualquier martes. Pero bastaba observar los rostros para darse cuenta de que algo era diferente. Había caras largas, miradas de incertidumbre, jóvenes con el teléfono en las manos buscando información y conversaciones en voz baja tratando de responder una pregunta que se repetía por todos lados: ¿qué pasó?

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La UASLP confirmó posteriormente que durante la mañana de este martes 8 de septiembre falleció un estudiante y que desde el primer momento se dio aviso a las autoridades para realizar las diligencias correspondientes. No explicó las circunstancias ni estableció públicamente una causa. Y mientras las investigaciones continúan, quizá también haya que entender que no necesitamos conocer inmediatamente cada detalle de una tragedia para comprender su dimensión humana.

Porque antes que una noticia, hubo un joven. Alguien conocía su risa, alguien compartió un salón con el, alguien esperaba verle nuevamente. Seguramente quedaron conversaciones pendientes, mensajes por contestar, tareas, planes para el fin de semana y alguno de esos “nos vemos mañana” que pronunciamos todos los días con la certeza inconsciente de que siempre habrá un mañana.

Esta vez, para alguien, no lo hubo.

Y mientras dentro de Zona Universitaria permanecían las preguntas, afuera San Luis siguió funcionando con esa normalidad extraña que acompaña incluso a las peores noticias. Los camiones continuaron pasando, los semáforos cambiaron de rojo a verde, las oficinas abrieron, las clases siguieron y la gente continuó con sus pendientes. Pero en algún punto de esta misma ciudad una familia acababa de recibir una noticia capaz de detener su mundo entero: una hija no regresaría a casa.

La noticia tampoco se quedó en Cuauhtémoc. Poco a poco atravesó la ciudad y llegó a otras universidades, dependencias, oficinas, grupos de WhatsApp y conversaciones familiares. Probablemente hubo madres y padres que, después de enterarse, tomaron el teléfono y escribieron a sus hijos para preguntarles dónde estaban, si estaban bien o simplemente para pedirles que avisaran cuando llegaran a casa. Quizá alguno recibió como respuesta un sencillo “sí, ma”. Este martes, esas pocas letras tuvieron un peso diferente.

Hay además una coincidencia que resulta imposible no advertir, aunque también obliga a actuar con enorme responsabilidad. Septiembre es el Mes de la Prevención del Suicidio y el próximo 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Ninguna autoridad ha establecido hasta ahora que la muerte del estudiante esté relacionado con esa causa y afirmarlo sería irresponsable. Pero tampoco necesitamos conocer el resultado de una investigación para aprovechar este momento y preguntarnos qué estamos haciendo por la salud mental de nuestros jóvenes.

Quizá nos acostumbramos demasiado a pensar que pueden con todo. Con las calificaciones, con la incertidumbre sobre el futuro, con el dinero que no alcanza, con las expectativas familiares, con las relaciones, con el miedo a fracasar y con la obligación permanente de aparentar que todo está bien. Y cuando alguno intenta decir que algo no marcha bien, demasiadas veces todavía respondemos con un “échale ganas”, como si tres palabras fueran suficientes para resolver aquello que una persona lleva meses intentando soportar.

Por eso la pregunta también debe alcanzar a nuestras instituciones y universidades. ¿Existen suficientes espacios para pedir ayuda? ¿Hay atención profesional disponible cuando alguien atraviesa una crisis? ¿Qué ocurre con el estudiante que necesita atención y no puede pagar una consulta particular? ¿Sabemos realmente escuchar antes de que una situación llegue al límite?

Y en medio de todo esto hay otra responsabilidad que parece pequeña, pero no lo es: respetar. No compartir fotografías, no reenviar videos, no alimentar rumores y no transformar la muerte de una persona en contenido para conseguir unos cuantos clics. La joven que murió este martes no es una imagen de WhatsApp ni una publicación para satisfacer la curiosidad de desconocidos. Era hijo, amigo, compañero y parte de una comunidad que hoy intenta procesar su ausencia.

Mañana volverán las clases. Los estudiantes volverán a caminar por los mismos pasillos y San Luis probablemente tendrá otro cielo. Pero en algún salón habrá una ausencia que antes no estaba. Y no necesitamos una fotografía para comprender lo que significa una silla que ya nadie ocupará.

Este martes, mientras una lluvia casi imperceptible caía sobre la ciudad, San Luis continuó avanzando. Los coches circularon, los camiones recogieron estudiantes y cientos de jóvenes regresarán esta noche a sus casas. Quizá hoy valga la pena recibirlos diferente: preguntarles cómo están, escucharlos un poco más, abrazarlos un poco más y recordarles que siempre existe un lugar donde pueden hablar.

Las autoridades tendrán que esclarecer qué ocurrió aquella mañana en Zona Universitaria. Esa es su responsabilidad. Pero después de ver las caras largas, la incertidumbre de los estudiantes y una noticia que terminó resonando mucho más allá de las instalaciones de la UASLP, queda otra pregunta que no corresponde responder solamente a una Fiscalía o a una Universidad.

¿Estamos escuchando a nuestros jóvenes?

Ayer salió el sol. Hoy San Luis se vistió de gris. Y quizá, después de un día como este, deberíamos preocuparnos un poco menos por conocer todos los detalles de quien se fue y mirar mucho más a quienes todavía están aquí.

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