Durante años se nos ha repetido que las mujeres somos demasiado «emocionales» para gobernar, que nos gana el sentimiento, que somos impulsivas, que nos falta carácter para tomar decisiones difíciles. Se nos ha dicho que gobernar requiere mano dura, temple y, por supuesto, esa supuesta racionalidad que históricamente se han adjudicado los hombres.
Pero basta mirar el escenario internacional para preguntarnos: ¿es en serio?
Porque mientras a nosotras nos cuestionan si podemos dirigir una institución, hay hombres con poder suficiente para poner en riesgo la estabilidad del mundo. Hombres que convierten sus berrinches en amenazas, sus complejos en conflictos internacionales y sus egos en decisiones que pueden costar millones de vidas.
Nosotras somos las «emocionales» y ellos tienen el botón nuclear.
Y ahí está el pedófilo de la casa blanca, por ejemplo, preocupado por cuestionar cómo llegó la Dra. Claudia Sheinbaum a la Presidencia, haciendo referencias a su pasado como bailarina. Porque, aparentemente, para algunos hombres una mujer puede tener formación científica, trayectoria académica y carrera política, pero siempre encontrarán algo que usar para intentar reducirla.
Qué curioso: a una mujer le recuerdan que practicó ballet como si eso le quitara capacidad para gobernar, mientras a ciertos hombres no les alcanza una vida entera de escándalos, declaraciones absurdas y desplantes para que alguien cuestione su ineptitud y autoridad.
Y no, no estoy diciendo que una mujer gobierne bien solamente por ser mujer. Tampoco necesitamos inventarnos una superioridad automática para reconocer lo evidente: el género masculino NO es garantía de inteligencia, estabilidad, sensibilidad ni capacidad política. ¡Vaya descubrimiento! ja ja ja.
Miremos hacia atrás. En México tuvimos a un expresidente panista que decidió convertir el combate al narcotráfico en una guerra. Una guerra cuyas consecuencias seguimos discutiendo y padeciendo. Pero en eese entonces se nos presentó como un líder con carácter, la violencia como estrategia y la confrontación como meta.
Si una mujer levanta la voz, es histérica. Si un hombre amenaza, es firme. Si una mujer se enoja, pierde el control. Si un hombre convierte su enojo en política de Estado, hay quienes todavía le llaman determinación.
La misoginia también tiene arsenal.
Y mientras tanto, seguimos escuchando que las mujeres no estamos preparadas para gobernar, que somos demasiado sensibles, que nos falta carácter. ¿Carácter para qué? ¿Para amenazar a otros países? ¿Para presumir quién tiene más armas? ¿Para convertir la política en una competencia de testosterona?
A lo mejor el problema nunca fue que las mujeres fuéramos demasiado emocionales. A lo mejor el problema es que durante demasiado tiempo confundimos la capacidad de intimidar con la capacidad de gobernar.
“No todos los hombres”. Pero siempre hay uno dispuesto a recordarnos que el mundo sigue teniendo un problema enorme con los hombres que confunden poder con propiedad y liderazgo con dominación.
Así que no, no voy a disculparme por decirlo: el mundo necesita _menos hombres _preocupados por demostrar que son los más fuertes y *más personas capaces de entender que gobernar no es intimidar.*
Así que sí, misándrica presente. Si eso significa cuestionar un modelo político que ha confundido autoridad con arrogancia, fuerza con violencia y liderazgo con intimidación, entonces que me lo digan con todas sus letras.
Porque nosotras somos las sentimentales. Ellos tienen el botón nuclear. Y todavía se atreven a querer explicarnos quién está mejor preparado para gobernar… un hombre claramente no.
