Ser mujer hoy: entre la libertad conquistada y la mente que aún sana

Crecer en un mundo donde la revolución feminista tiene tantos tintes y tantos matices puede ser profundamente desafiante.

Especialmente para las nuevas generaciones que han nacido en un contexto donde muchas libertades parecen haber existido siempre.

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Hace poco más de un año tuve una conversación que me dejó reflexionando durante días.

Estaba con mi sobrina Valentina, que entonces tenía seis años. Le pregunté si sabía por qué marchaban las mujeres el 8 de marzo.

Con toda naturalidad me respondió que sí:

—Porque las mujeres queremos libertad para ser nosotras mismas.

Su respuesta me conmovió. Pero también me hizo pensar.

Cuando le intenté explicar que hace algunas décadas las mujeres no podían estudiar, no podían ir a la misma escuela que los hombres o incluso usar pantalón en ciertos espacios, simplemente se rió. Como si le estuviera contando una historia imposible.

—Tía, ¿de qué hablas?

Y ahí entendí algo importante: para muchas niñas hoy, la libertad femenina parece algo natural. Algo que siempre estuvo ahí.
Pero no fue así.

Hubo generaciones de mujeres que lucharon para que hoy nuestras niñas puedan crecer creyendo que todo es posible. Hoy México vive momentos históricos: tenemos a la primera presidenta, a la primera astronauta mexicana y a miles de mujeres que han abierto caminos donde antes solo había puertas cerradas.

Pero incluso con todos estos avances, hay algo que sigue llamando nuestra atención.
Porque mientras la revolución externa avanza, muchas veces la revolución interna apenas comienza.

Hoy México también enfrenta una realidad compleja: los índices de ansiedad y depresión en mujeres jóvenes han crecido de manera preocupante. En muchas universidades, entre el 60 y el 70 por ciento de las estudiantes han presentado síntomas de ansiedad o depresión.

Nuestras niñas y adolescentes también están creciendo en un entorno profundamente distinto. Cada vez más conectadas a dispositivos, cada vez más expuestas a realidades digitales que muchas veces distorsionan la forma en la que entendemos el mundo y a nosotras mismas.

Y entonces surge una pregunta incómoda, pero necesaria:

¿Qué pasa cuando la revolución externa no alcanza para sostener la revolución interna que estamos viviendo?

Hoy el feminismo también se encuentra en un momento de tensión. Hay posturas que nacen del dolor y del hartazgo, y hay otras voces que intentan desacreditar la lucha, llamándola moda o exageración.

En medio de todo eso, muchas mujeres se quedan en silencio, cuestionando dónde encajan.

A ellas quiero hablarles.

Porque mi feminismo no nació en un libro.

Nació en mi familia, en conversaciones con mis sobrinas, en las aulas donde he tenido el privilegio de enseñar, en las juventudes con las que trabajo en conferencias y talleres, y también en lo digital, donde cada día construyó espacios de reflexión y diálogo.

También nació en la sororidad.

En espacios como Enlace M, donde buscamos que las mujeres no solo hablen de éxito, sino también de dudas, de procesos y de crecimiento compartido.

Porque la revolución femenina no puede convertirse en una competencia entre nosotras. Debe convertirse en un espacio de encuentro.

Yo no busco imponer una forma de vivir el feminismo. Tampoco creo que todas las mujeres deban recorrer la misma lucha de la misma manera.

Pero sí creo que hay algo que debería unirnos: el compromiso de construir espacios de respeto entre nosotras.

Espacios donde podamos cuestionar.

Donde podamos aprender.

Donde podamos acompañarnos.

Porque hoy, más que nunca, la revolución más importante no está afuera. Está dentro.

Es una revolución de mentes.

Es la sanidad del corazón en medio de un mundo que muchas veces nos exige más de lo que podemos sostener.

Pero también debemos decir algo con honestidad.

A muchas de nosotras el sistema sí nos ha fallado.

Nos ha fallado cuando desaparecen mujeres y las familias tienen que salir a buscarlas solas.

Nos ha fallado cuando una madre tiene que
marchar con la foto de su hija en el pecho.

Nos ha fallado cuando la justicia llega tarde… o simplemente no llega.

Frente a ese dolor, pretender que todo se resuelve solo con paciencia o con buenos hábitos sería ingenuo.

Los grandes momentos de la historia no se han construido únicamente desde la calma. Muchas veces han nacido desde el hartazgo.

Desde ese punto en el que una sociedad ya no puede guardar silencio. Desde ese momento en que el dolor colectivo se convierte en una energía que necesita ser expresada.

No hablo de violencia ni de un mal encauce, pero sí de reconocer algo profundamente humano: cuando el dolor es demasiado grande, la emoción colectiva se convierte en una catarsis necesaria.

La historia nos lo ha demostrado una y otra vez.

Por eso creo que nuestra generación tiene un reto complejo pero poderoso: aprender a construir cambios desde la conciencia, sin perder la capacidad de alzar la voz cuando
sea necesario.

Porque la revolución que hoy necesitamos no solo es social.

También es emocional.

También es espiritual.

Una revolución que nos permita sanar sin dejar de luchar.

Porque tal vez la verdadera transformación de nuestro tiempo será aprender algo que parece contradictorio, pero que en realidad es profundamente humano:

Ser paz…
en un mundo que todavía necesita revolución.

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