Y la afición, ¿hasta cuando?

Hey raza. Feliz octubre.

Hoy haciendo eco de este mes que acaba de arrancar, platiquemos de un tema que, para quienes amamos el futbol, resulta más que tenebroso: la eliminación del ascenso y el descenso en el futbol mexicano.

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Porque sí, tenemos 18 equipos en la máxima categoría. Algunos mejores que otros, como ocurre en toda competencia. Pero hay una pregunta que lleva años esperando respuesta: ¿qué pasa con los equipos que quieren llegar y con los que algún día podrían dejar de estar?

Desde 2020, el futbol mexicano dejó de tener ascenso y descenso deportivo entre la máxima categoría y la división de expansión. Lo que en principio fue planteado como una medida temporal a consecuencia entre otras cosas de la pandemia, terminó convirtiéndose en una nueva realidad del futbol mexicano.

Y ahí está el problema.

El último ascenso deportivo a Primera División fue el del Atlético de San Luis, en 2019. Desde entonces, llegar al máximo circuito dejó de depender exclusivamente de lo que sucediera durante una temporada en la cancha.

Y cuando el mérito deportivo deja de ser suficiente, algo cambia.

El ejemplo más reciente nos ayuda a entenderlo. La llegada del Atlante a la Liga MX no ocurrió mediante un ascenso deportivo desde la Liga de Expansión, sino a través de una operación económica que implicó la salida de Mazatlán de la máxima categoría y la llegada de la franquicia del Atlante, si bien es un equipo histórico en nuestro futbol, pero donde dejan a la afición que se estaba identificando con el Mazatlán.

Y aquí es donde aparece la pregunta incómoda:
¿el futbol mexicano está premiando al que gana en la cancha o al que puede sostener una operación fuera de ella?

Porque imaginemos por un momento que un equipo tiene una gran temporada, gana partidos, suma puntos, llega a las instancias importantes y demuestra dentro de la cancha que merece una oportunidad.

¿De qué sirve todo eso si al final existen otras condiciones que pueden impedirle llegar? Ahí es donde la discusión deja de ser solamente futbolística.

Porque el futbol también es una industria, sí. Hay inversiones, derechos de televisión, patrocinios, infraestructura, contratos y millones de pesos detrás de cada equipo.

Pero antes de todo eso está algo que ninguna cuenta bancaria puede fabricar: la pasión de una afición.

Y también hay algo que la historia reciente de la Selección Mexicana nos recuerda: el talento no siempre nace en los grandes equipos.

Jugadores como Julián Quiñones, Johan Vásquez y César Montes entre otros, piezas fundamentales de la Selección Mexicana que disputó este pasado Mundial, tuvieron paso por la segunda división antes de consolidarse en el máximo nivel.

Eso demuestra que las divisiones inferiores no son solamente un lugar donde juegan quienes todavía no llegan. También pueden ser semilleros de talento.

Por eso resulta relevante la propuesta impulsada desde el Senado por Clemente Castañeda para buscar que el ascenso y el descenso regresen al futbol mexicano mediante modificaciones al marco legal.

Si bien debe hablarse de viabilidad financiera, infraestructura, certificación, formación de jugadores y condiciones para competir en Primera División, también debe hablarse de algo que parece haberse olvidado: ¿dónde queda el mérito deportivo?

Porque si queremos una competencia realmente atractiva, tiene que existir algo que ganar y algo que perder.

Una mala temporada debería tener consecuencias, y una buena temporada en la división de expansión debería significar, cuando menos, la posibilidad real de alcanzar el máximo circuito. Eso también genera afición.

Porque imaginemos volver a ver a Morelia peleando por regresar, al Dorados de Sinaloa intentando recuperar su lugar, a la UdeG buscando escribir una nueva historia o a cualquier equipo emergente teniendo la posibilidad de demostrar que puede competir con los grandes. Eso es lo que hace especial al deporte.

Que nadie tenga el camino completamente asegurado.

Que un equipo pueda comenzar abajo y, con trabajo, llegar arriba.

Que el aficionado pueda soñar.

Y sobre todo, que cuando ruede la pelota, la cancha vuelva a tener la última palabra.

Porque al final de cuentas, los dirigentes pueden hablar de negocios, los empresarios de inversiones y los políticos de reformas.

Pero hay alguien que lleva años esperando que le pregunten qué piensa: la afición.

Entonces la pregunta es inevitable:

¿Y la afición, hasta cuándo?

¿Qué opinan ustedes? Generemos debate.

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