Ayer, 11 de octubre, se conmemoró el Día Internacional de la Niña. Más allá de la celebración, la fecha nos invita a reflexionar sobre una pregunta que también concierne al mundo del trabajo: ¿qué sucede con los sueños de las niñas cuando crecen y buscan abrirse camino en la vida profesional?
Una niña puede imaginarse como científica, ingeniera, programadora, directora de una empresa o titular de una institución. Sin embargo, entre esa aspiración y la posibilidad real de alcanzarla existen factores sociales que influyen en sus decisiones, sus oportunidades y el lugar que ocupará en el mercado laboral.
La brecha de género no comienza necesariamente cuando una mujer solicita un empleo. En ocasiones, empieza mucho antes: cuando se le hace creer que ciertas profesiones son para hombres, cuando se cuestiona su capacidad para las matemáticas o la tecnología, o cuando el liderazgo femenino se juzga con parámetros distintos a los utilizados para evaluar a un hombre.
Las cifras permiten dimensionar el problema. El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), en su estudio Mujeres en STEM: Panorama de México 2026, aborda la participación de las mujeres en las áreas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. La presencia femenina en estas disciplinas sigue siendo un tema central para comprender las brechas que persisten en la formación profesional y en el mercado laboral.
El fenómeno también merece atención cuando hablamos de puestos directivos. No basta con que las mujeres ingresen al mercado laboral o concluyan una carrera universitaria; importa también conocer cuántas logran acceder a posiciones donde se toman decisiones, se administran recursos y se definen las estrategias de una organización.
Desde la perspectiva laboral, la igualdad debe observarse en todo el recorrido profesional: en la contratación, la capacitación, la remuneración, los ascensos y las posibilidades reales de desarrollo. El artículo 2 de la Ley Federal del Trabajo establece como propósito propiciar el trabajo digno o decente en un entorno de respeto a la dignidad humana y sin discriminación. Este principio también exige mirar las prácticas cotidianas que pueden limitar el desarrollo profesional de las mujeres, incluso cuando no son evidentes.
No se trata de que todas las niñas elijan una carrera científica ni de que todas las mujeres aspiren a dirigir una organización. Se trata de que esas decisiones respondan a sus intereses, no a expectativas impuestas por su género.
Conmemorar el Día Internacional de la Niña implica reconocer que el futuro laboral también se construye en el presente. Cada estereotipo que cuestionamos, cada oportunidad que abrimos y cada espacio profesional que se evalúa con criterios de igualdad contribuye a que las niñas puedan imaginar más posibilidades para su vida adulta.
La pregunta no es únicamente qué quieren ser las niñas cuando crezcan, sino qué condiciones estamos construyendo para que puedan llegar a serlo.
