La contradicción también es un privilegio

Hay algo que me parece profundamente revelador de la sociedad en la que vivimos: hacemos exactamente lo mismo y, dependiendo de quién lo haga, le ponemos un nombre distinto.

Porque las contradicciones no ocurren en el vacío. Vivimos dentro de estructuras atravesadas por el patriarcado, el capitalismo, el racismo y el clasismo. Y aunque esas estructuras no afectan a todas las personas de la misma manera —mujeres, hombres, infancias, personas LGBT+, personas racializadas, migrantes, personas con discapacidad, entre muchas otras—, sí condicionan buena parte de las decisiones que después pretendemos analizar como si fueran absolutamente individuales. La maternidad. El trabajo. Los cuidados. La vivienda. La pareja. La alimentación. El tiempo libre. Tener o no tener hijos. Casarse o no hacerlo. Estudiar. Emprender. Migrar. Incluso descansar. Nos gusta hablar de libertad individual, pero pocas veces hablamos de cuánto cuesta ejercerla. Y quizá ahí empieza una de nuestras grandes contradicciones.

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Decimos que todas las personas pueden decidir cuántos hijos tener, pero socialmente parece que tener varios hijos solamente es aceptable cuando se tiene dinero. Cuando una familia pobre tiene muchos hijos, inmediatamente aparece la pregunta: “¿Para qué tienen tantos si no pueden mantenerlos?”. Cuando una familia adinerada tiene cuatro, cinco o seis, puede convertirse incluso en una imagen aspiracional de familia. La decisión aparentemente es la misma. El juicio moral no.

También defendemos que las mujeres pueden ser madres y profesionistas. Celebramos a la empresaria, política o ejecutiva que aparece en una fotografía con su bebé mientras trabaja. Hablamos de conciliación, liderazgo femenino y nuevas maternidades. Pero cuando una mujer que vende en la calle lleva consigo a su hija porque no tiene acceso a una guardería, la narrativa cambia: “¿Por qué trae a la niña aquí?”. Cuando una trabajadora lleva a su hijo porque se cancelaron las clases, incomoda. Cuando una mujer necesita modificar su jornada para cuidar, pareciera que tiene que justificar que su vida personal interfiera lo menos posible con su productividad.

No estamos juzgando solamente la maternidad. Estamos juzgando la clase social desde la cual se materna. Y eso sucede una y otra vez.

Nos encanta la cultura de la productividad. El famoso “club de las cinco de la mañana”. Levantarse antes que todos, correr, hacer ejercicio, meditar, leer veinte páginas, desayunar proteína y haber contestado correos antes de las siete. Todo ello se presenta como disciplina, voluntad y mentalidad de éxito. Pero quizá deberíamos preguntarnos quiénes pertenecen realmente al club de las cinco de la mañana. Porque mientras una persona presume que despertó a las cinco para correr diez kilómetros antes de comenzar su jornada, millones de personas llevan décadas despertándose a esa hora para tomar dos camiones, abrir una cocina, limpiar una oficina, preparar alimentos, levantar un puesto, cuidar a otras personas, llegar a una fábrica o atravesar una ciudad entera para que, cuando otros despierten, todo esté funcionando.

Ellas también se levantaron a las cinco. Solo que a eso nunca le pusimos un nombre aspiracional. Y quizá porque la diferencia no está únicamente en despertarse temprano. Está en para quién es ese tiempo. Una persona se levanta a las cinco para invertir en sí misma; otra, porque el sistema económico necesita varias horas de su vida antes de siquiera pagarle la primera hora de trabajo.

También nos encanta hablar del ayuno, del wellness y de las tendencias alimentarias. Hay influencers explicándonos los beneficios de pasar determinadas horas sin comer, mientras una parte de la población conoce perfectamente la experiencia de saltarse una comida, solo que nunca tuvo la posibilidad de llamarla “ayuno intermitente”.

Una cosa es elegir no comer.
Otra muy distinta es no poder hacerlo.
La diferencia se llama capacidad de elección.

Lo mismo sucede con la vivienda. Una persona con recursos compra propiedades y construye un patrimonio; otra ocupa irregularmente un espacio porque no puede acceder al mercado formal y hablamos inmediatamente de ilegalidad. Celebramos la inversión inmobiliaria, pero rara vez cuestionamos con la misma intensidad las ciudades en las que una persona puede trabajar cuarenta o cincuenta horas por semana y aun así no tener capacidad para pagar una vivienda cerca de su empleo.

Después nos preguntamos por qué hay asentamientos irregulares, traslados de dos horas, hacinamiento o personas viviendo cada vez más lejos.

Nos encanta convertir las consecuencias estructurales en decisiones individuales.

“Debió estudiar.”
“Debió ahorrar.”
“Debió planear.”
“No debió tener hijos.”
“Debió buscar otro trabajo.”
“Debió emprender.”
“Debió comprar una casa antes.”

Como si todas las personas hubieran recibido las mismas cartas y simplemente algunas hubieran jugado mejor. Y mientras hacemos auditorías morales sobre cómo una persona pobre administra quinientos pesos, somos extraordinariamente tolerantes con la forma en que se construyen y preservan enormes fortunas.

Nos preocupan los programas sociales, los apoyos, los subsidios y cuánto “nos cuestan” las personas pobres. Pero pocas veces trasladamos esa misma indignación a las grandes concentraciones de riqueza, a la evasión y elusión fiscal, a los privilegios económicos, a la captura de decisiones públicas o a todas aquellas estructuras que permiten privatizar ganancias mientras colectivizamos costos.

La pobreza tiene que demostrar constantemente que merece recibir.

La riqueza rara vez tiene que demostrar de dónde vino.

Incluso nuestras celebraciones están atravesadas por esta doble moral.

Una persona de bajos ingresos que gasta dinero en una boda puede escuchar: “Con ese dinero hubieran dado el enganche de una casa”. Parece que la felicidad también tiene que pasar por un análisis costo-beneficio cuando eres pobre. Pero una boda de cientos de miles o millones puede convertirse en contenido aspiracional: arquitectura, flores, vestido, destino, exclusividad.

En un caso hablamos de irresponsabilidad financiera.

En el otro hablamos de lifestyle.

El matrimonio no cambió. Cambió la clase social de quienes se casaron.

Algo parecido ocurre con el arte. A una persona joven de clase trabajadora que quiere estudiar música, artes plásticas, literatura, danza o filosofía le preguntamos: “¿Y de qué vas a vivir?”. Le recomendamos estudiar algo “que deje dinero”. Pero cuando el arte entra en determinados circuitos económicos, una pieza puede valer cantidades extraordinarias, convertirse en inversión, símbolo de estatus, mecanismo de especulación o activo financiero. Entonces el arte sí vale.
Solo que, aparentemente, no siempre vale cuando alguien pobre quiere vivir de crearlo.

Y quizá una de las contradicciones más evidentes está en nuestra manera de hablar sobre migración. Nos indigna —con razón— el trato discriminatorio, la persecución y las condiciones que enfrentan muchas personas mexicanas migrantes en Estados Unidos. Exigimos dignidad y recordamos que migrar es un fenómeno complejo que no puede reducirse a la situación administrativa de una persona.

Pero esa sensibilidad desaparece con enorme facilidad cuando la migración ocurre hacia México. No recibimos igual a todas las personas migrantes. Hay quienes llegan desde Centroamérica, el Caribe, Sudamérica, África o Asia y rápidamente son vistos desde la sospecha: qué vienen a hacer, cuánto tiempo estarán, si tienen documentos, si trabajan, si utilizan servicios públicos. Pero cuando llegan personas de países económicamente privilegiados y tienen capacidad adquisitiva suficiente, incluso modificamos el lenguaje.

No son migrantes.

Son expats.

No vienen a desplazar a nadie: vienen a “dinamizar la economía”.

No encarecen colonias: “descubrieron un barrio increíble”.

Y mientras tanto, las rentas suben, determinados comercios modifican sus precios y comunidades enteras comienzan a preguntarse cuánto tiempo podrán seguir viviendo en los lugares que habitaron durante generaciones. El pasaporte, el color de piel y la capacidad económica también determinan qué tipo de migrante creemos que eres.

Quizá por eso necesitamos hablar mucho más de contradicciones.

Porque también nos han vendido una determinada idea de libertad: emprende, genera riqueza, invierte, compra propiedades, despierta temprano, haz ejercicio, viaja, come saludable, trabaja en lo que amas, construye tu marca personal, monetiza tus talentos.

Y no hay necesariamente nada malo en querer alguna de esas cosas. El problema aparece cuando confundimos privilegios con virtudes.

Cuando creemos que quien tiene tiempo para hacer ejercicio simplemente tiene más disciplina.

Que quien come mejor simplemente tiene más voluntad.

Que quien emprendió simplemente fue más valiente.

Que quien compró una casa simplemente supo ahorrar.

Que quien estudió una maestría simplemente se esforzó más.

Que quien viaja conoce mejor el mundo porque tuvo mayor curiosidad.

Y, por oposición, terminamos pensando que quien no pudo hacerlo careció de disciplina, voluntad, inteligencia o ambición. Ahí es donde el privilegio deja de ser únicamente una ventaja material y se convierte en superioridad moral.

No se trata de sentir culpa por tener posibilidades. Tampoco de romantizar la precariedad ni de afirmar que toda decisión individual está completamente determinada por la estructura.

Se trata de algo mucho más incómodo: reconocer que nuestras elecciones ocurren dentro de márgenes profundamente distintos.

Hay personas que pueden equivocarse muchas veces porque tienen una red que las sostiene.
Hay personas para quienes una sola equivocación significa perder la vivienda.
Hay quienes pueden renunciar para “seguir sus sueños”.

Hay quienes no pueden dejar un trabajo que odian porque alguien tiene que pagar la comida.

Hay quien puede convertir una crisis personal en un año sabático. Y hay quien atraviesa la misma crisis mientras toma dos camiones para llegar a trabajar.

Por eso quizá deberíamos desconfiar un poco más de las explicaciones demasiado sencillas sobre el éxito y el fracaso. La meritocracia funciona particularmente bien como relato porque nos permite admirar la cima sin preguntarnos demasiado por las condiciones del camino.
Nos hace pensar que quien llegó merece estar ahí y, peligrosamente, que quien no llegó también merece el lugar que ocupa. Y así terminamos construyendo una sociedad donde la misma conducta puede ser disciplina o necesidad; inversión o irresponsabilidad; movilidad internacional o migración; maternidad conciliada o negligencia; celebración o despilfarro; ayuno o hambre. Todo depende de quién pueda pagar el privilegio de ponerle un nombre bonito.

Tal vez la pregunta no sea solamente qué decisiones tomamos.
Tal vez deberíamos empezar a preguntarnos quién tiene derecho a tomar determinadas decisiones sin ser castigado socialmente por ellas.
Porque una sociedad verdaderamente libre no es aquella donde, en teoría, cualquiera puede elegir.

Es aquella donde la libertad de elegir no depende exclusivamente de cuánto dinero tienes, dónde naciste, qué apellido llevas, qué cuerpo habitas, quién cuida por ti o cuántas veces puedes permitirte fallar. Y quizá esa sea una de nuestras contradicciones más difíciles de admitir:…muchas de las cosas que admiramos como virtudes cuando las hace alguien privilegiado son exactamente las mismas que despreciamos como defectos cuando las hace alguien pobre.

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