Los héroes del COVID volvieron a las calles; esta vez, para defender su dignidad

San Luis Potosí, SLP., 13 de octubre de 2026.- Una mujer dejó a su madre en etapa terminal dentro de un hospital para salir a marchar. Otra dejó a su hijo, que recibe un tratamiento médico complejo. Ninguna podía detener la enfermedad de sus seres queridos, pero ambas decidieron caminar para defender un futuro que también les pertenece.

Entre cientos de trabajadores había historias como las suyas. Historias de quienes pasan buena parte de sus días atendiendo el dolor ajeno y, al terminar su jornada, regresan a casa para enfrentarse al propio.

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De quienes conocen el sonido de un monitor hospitalario, la angustia de una familia esperando noticias y el peso de tener una vida entre las manos. Este martes, aquellas personas que tantas veces estuvieron del otro lado de una cama de hospital salieron a las calles de San Luis Potosí y no fue una marcha cualquiera.

Fue el regreso de quienes, durante la pandemia, fueron llamados héroes. De aquellos a quienes la sociedad aplaudía mientras el mundo permanecía encerrado.

De quienes enfrentaron el COVID-19 cuando todavía se sabía poco de una enfermedad que llenaba los hospitales y vaciaba hogares, pero esta vez los aplausos tenían otro significado.

A las tres de la tarde, unos 200 trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro Social comenzaron a reunirse en las inmediaciones de Plaza Sendero, al oriente de la Capital potosina. Algunos llevaban sus batas, otros sus uniformes de trabajo y algunos más recuperaron los trajes de protección utilizados durante la emergencia sanitaria.

No eran disfraces ni simples prendas. Eran recuerdos de una época en la que cuidar a un desconocido podía significar no volver a abrazar a la propia familia.La marcha comenzó a avanzar por la carretera 57, una de las vialidades más transitadas de San Luis Potosí.

Entre el ruido de los vehículos aparecieron las primeras consignas. Elementos de la Guardia Civil Estatal y de la Policía Municipal abanderaron el recorrido, mientras el contingente avanzaba hacia el Centro Histórico, acompañado de claxonazos y gritos de algunos conductores que en lugar de entrar en cólera, se solidarizaron con el movimiento pese al tráfico que se originaba por la manifestación.Y conforme caminaban, comenzaron a llegar más.

Desde distintos puntos se incorporaban trabajadores de otras unidades médicas. Los compañeros se encontraban, se abrazaban y levantaban la voz. Cada nuevo grupo era recibido con gritos de entusiasmo, como si aquella multitud necesitara recordarse a sí misma que no estaba sola. Los 200 del inicio se convirtieron en 300, después en más, hasta alcanzar una concentración estimada de entre 500 y 600 personas, entonces, la ciudad comenzó a mirar.

La Alameda Juan Sarabia, el Teatro de la Paz y la histórica Plaza de los Fundadores fueron testigos de aquella movilización.

Entre edificios que guardan siglos de historia caminaban hombres y mujeres que reclamaban algo tan presente como urgente: mejores condiciones para trabajar y un salario que consideran digno. Desde los balcones, algunos ciudadanos observaban el paso de los manifestantes. Sobre el asfalto, las voces seguían creciendo. Las pancartas recordaban que los héroes del COVID habían vuelto a las calles. Otras exigían la destitución de Rafael Olivos Hernández, dirigente nacional del Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social.

Pero detrás de las consignas había reclamos que difícilmente cabían en una cartulina.Gasas. Agua. Medicamentos. Material de curación. Personal suficiente para atender a los pacientes.Cosas que deberían formar parte de la vida cotidiana de cualquier hospital y cuya falta ha sido denunciada por trabajadores de distintas unidades del país.

México había escuchado durante años la promesa de tener un sistema de salud como el de Dinamarca. El expresidente Andrés Manuel López Obrador aseguró que el país contaría con servicios médicos de calidad, medicamentos gratuitos y hospitales capaces de atender a quienes los necesitaran.

Sin embargo, las denuncias que hoy acompañan a las movilizaciones del IMSS muestran la distancia que, desde la experiencia de estos trabajadores, todavía existe entre aquella promesa y las condiciones que enfrentan.

El Gobierno Federal, responsable de la conducción del Seguro Social, enfrenta así cuestionamientos que van más allá de una negociación salarial. Los manifestantes reclaman insumos, personal, mejores condiciones laborales y respuestas a problemas que consideran pendientes desde hace años.

El IMSS, por su parte, sostiene que ha incrementado su plantilla y ampliado su infraestructura, reconoce desafíos en la operación y asegura que la atención hospitalaria continúa garantizada.Pero para quienes caminaban aquella tarde, las explicaciones institucionales no habían sido suficientes. Y la marcha continuó.Hubo un momento, al pasar frente al Hospital Número 2, en que la protesta dejó de estar solamente sobre el asfalto. Desde las ventanas y las escaleras que dan hacia la avenida comenzaron a aparecer trabajadores que permanecían de turno. No podían incorporarse al recorrido, pero encontraron la manera de hacerse escuchar.Gritaron desde arriba.

Y abajo, sus compañeros respondieron con aplausos y una euforia que parecía crecer con cada voz.“Esta marcha también es tuya”, se escuchaba desde el contingente.Los brazos se levantaban hacia las ventanas. Los aplausos iban y venían.

Por unos instantes, los muros del hospital parecieron dejar de separar a quienes caminaban de quienes continuaban trabajando. Unos estaban afuera exigiendo mejores condiciones. Otros seguían adentro, atendiendo las obligaciones de una institución que no puede detenerse. Pero todos compartían aquella inconformidad. Y entre esas paredes también estaba internado el hijo de una de las manifestantes.

La mujer había salido a marchar mientras su pequeño enfrentaba un tratamiento médico de gran complejidad. En otro hospital, el Número 50, permanecía la madre de otra trabajadora, en etapa terminal.

Dos historias que parecían resumir el lado más humano de aquella jornada.Porque quienes atienden enfermos también tienen enfermos en casa. Quienes consuelan a familias también necesitan consuelo.

Quienes pasan sus días procurando que otros sobrevivan también conocen el miedo de perder a alguien.Y, sin embargo, estaban ahí.No habían dejado de ser madres ni hijas por convertirse en trabajadoras del Seguro Social. Tampoco habían dejado de ser trabajadoras por atravesar una situación familiar dolorosa.

Aquella tarde cargaban con ambas realidades.La inconformidad también tenía números.El incremento salarial global propuesto era del 6.8 por ciento, pero solamente el 2.9 por ciento correspondía directamente al salario tabular; el restante 3.9 por ciento se integraba en prestaciones.

Los trabajadores inconformes reclamaban al menos un 10 por ciento de aumento directo al salario.Para algunos, el incremento ofrecido al sueldo base se traduciría en apenas 150 o 180 pesos mensuales, según testimonios difundidos durante el conflicto.Ciento cincuenta pesos.

La cifra contrastaba con las exigencias que habían llevado a cientos de personas a caminar durante horas. No todos reciben el mismo salario ni el incremento representa la misma cantidad para cada trabajador. Pero el reclamo compartido era que la propuesta no respondía suficientemente a sus necesidades.

Mientras tanto, la dirigencia sindical defendía el incremento negociado y las autoridades federales insistían en mantener el diálogo.La discusión, sin embargo, había salido de las oficinas.

Estaba sobre las avenidas, frente a los hospitales, en los gritos de quienes se asomaban por las ventanas y en los abrazos de compañeros que llevaban años compartiendo guardias.Había recorrido la ciudad hasta llegar a Cuauhtémoc, donde se concentra parte de la vida sindical del Seguro Social en San Luis Potosí. Eran las seis y media de la tarde.

Habían transcurrido tres horas y media desde que los primeros manifestantes comenzaron a reunirse en Plaza Sendero.La marcha había terminado, pero nadie podía asegurar que la inconformidad también lo hubiera hecho.

Trabajadores de distintas unidades hospitalarias tomaron la palabra. Sus mensajes coincidieron en un llamado a no bajar la guardia y mantener la organización frente a la votación programada para el miércoles 14 de octubre.

Desde el contingente se pidió votar por el “no”, en rechazo a la propuesta salarial sometida a consulta.Para los manifestantes, aquella decisión podía marcar el rumbo de sus condiciones laborales y el futuro económico de sus familias. El IMSS había señalado que respetaría el resultado de la consulta, convocada mediante voto libre, personal, directo y secreto.

Pero esa tarde, en Cuauhtémoc, todavía no había un resultado. Solo trabajadores expresando su postura y una decisión pendiente.La ciudad comenzaba a recuperar su movimiento habitual.

Los vehículos volverían a ocupar las avenidas. Los peatones seguirían atravesando las plazas. Los edificios históricos permanecerían en su sitio, como testigos silenciosos de otra jornada en la vida de San Luis Potosí.Pero algo había quedado expuesto.

Detrás de las cifras oficiales, de los discursos y de las promesas de un sistema de salud de primer nivel, existen personas que todos los días sostienen buena parte de la atención médica del país.

Personas que conocen el cansancio de una guardia, el dolor de una pérdida y la responsabilidad de atender a alguien que deposita en ellas su esperanza.Durante la pandemia, a muchas se les pidió resistir, no abandonar los hospitales, permanecer frente a una enfermedad que también amenazaba sus propias vidas.Y resistieron.

Años después, algunas volvieron a vestir aquellos trajes de protección. No para entrar a una zona de aislamiento, sino para caminar por las avenidas y exigir respuestas.Quizá la imagen que mejor resume lo ocurrido no sea la de los cientos de manifestantes avanzando sobre la carretera 57, ni la de las pancartas frente a los edificios históricos.

Quizá sea aquella escena frente al Hospital Número 2.Los trabajadores abajo, aplaudiendo, sus compañeros arriba, gritando desde las ventanas. Unos marchando. Otros trabajando. Todos haciéndose escuchar.Porque mientras San Luis Potosí recuperaba poco a poco el ritmo de sus avenidas, quedaban abiertas las exigencias de quienes habían recorrido la ciudad.

Mañana volverían las consultas, los tratamientos, las urgencias y las guardias. También llegaría una votación que los manifestantes consideraban decisiva.

Y detrás de cada uniforme seguirían existiendo historias como las de aquella hija con su madre en etapa terminal o aquella madre con un hijo enfermo.

Historias que recuerdan que nadie deja de ser humano cuando se pone una bata. Durante años, ellos estuvieron ahí cuando alguien necesitó que le salvaran la vida, este martes salieron a las calles para pedir que alguien también escuchara la suya.

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