Nada debe estar por encima de la soberanía de México

Nada por encima de la soberanía. Existen hechos y personajes en la historia que no merecen reivindicación alguna ante las atrocidades cometidas en un país que es libre y soberano. La visita de Isabel Díaz Ayuso a México no puede verse únicamente como un acto protocolario o diplomático.

Estamos frente a una provocación simbólica, también representa una visión política e histórica que para muchas personas resulta profundamente preocupante.

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Porque cuando se minimizan los abusos del colonialismo, cuando se romantiza la conquista o se desprecia la memoria histórica de los pueblos que resistieron, no estamos frente a un gesto de fraternidad. Estamos frente a una provocación simbólica.

México y España comparten historia, lengua y vínculos culturales innegables, pero una relación madura entre naciones no puede construirse desde la negación del pasado ni desde discursos de superioridad. La cooperación entre países debe partir del respeto mutuo, no de la nostalgia imperial ni de narrativas que ignoren las heridas históricas de millones de personas. Resulta todavía más delicado cuando estas posturas se acompañan de discursos conservadores que han cuestionado avances en materia de derechos humanos, igualdad.

No se trata de un debate partidista, se trata de reconocer que las narrativas políticas tienen consecuencias reales sobre la vida de las personas. Cuando desde espacios de poder se ridiculiza el feminismo, se minimizan luchas sociales o se romantizan privilegios históricos, se fortalece un clima para quienes defienden la dignidad humana.

La exaltación de figuras, como la de Hernán Cortés, no puede entenderse como un simple gesto cultural o anecdótico. Significa romantizar un proceso marcado por la violencia, el sometimiento, la esclavización y el exterminio de los pueblos indígenas enteros.

La colonización no fue un encuentro armonioso, sino la imposición de un dominación cuyas consecuencias siguen presentes en la desigualdad, el racismo estructural y la exclusión que enfrentan los pueblos originarios, defender la soberanía no es promover odio ni división. Es recordar que México decidió hace mucho tiempo caminar con independencia, dignidad y autodeterminación.

Y esa soberanía implica también el derecho de cuestionar a quienes pretenden utilizar nuestro territorio como plataforma ideológica para reivindicar proyectos políticos excluyentes o discursos revisionistas. México no necesita importar agendas que profundicen la polarización, el odio o la exclusión. Necesita fortalecer políticas públicas centradas en igualdad, memoria histórica, justicia social y derechos humanos.

Porque ningún interés político, económico o mediático debe colocarse por encima del respeto a nuestra historia, a nuestros pueblos y a nuestra soberanía, resistencia y memoria histórica. Eso nos hará estar en el lado correcto de la historia.

Existen hechos y personajes en la historia que no merecen reivindicación alguna ante las atrocidades cometidas en un país que es libre y soberano. La visita de Isabel Díaz Ayuso a México no puede verse únicamente como un acto protocolario o diplomático. Porque cuando se minimizan los abusos del colonialismo, cuando se romantiza la conquista o se desprecia la memoria histórica de los pueblos que resistieron, no estamos frente a un gesto de fraternidad».

La cooperación entre países debe partir del respeto mutuo, no de la nostalgia imperial ni de narrativas que ignoren las heridas históricas de millones de personas. Cuando desde espacios de poder se ridiculiza el feminismo, se minimizan luchas sociales o se romantizan privilegios históricos, se fortalece un clima para quienes defienden la dignidad humana.

La colonización no fue un encuentro armonioso, sino la imposición de un dominación cuyas consecuencias siguen presentes en la desigualdad, el racismo estructural y la exclusión que enfrentan los pueblos originarios.

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