Durante 2025 recorrí distintas universidades con la conferencia Vision Board Universitario. Más de 1,500 estudiantes —de al menos ocho instituciones— me confirmaron algo que ya intuíamos, pero que seguimos evitando mirar de frente: la salud mental del talento joven está en un punto crítico.
No hablo desde la teoría. Hablo desde el aula, desde las conversaciones al final de cada conferencia, desde los silencios incómodos y desde las historias que se repiten: cansancio emocional, ansiedad constante, miedo al futuro y una presión desmedida por “lograrlo todo rápido”.
A estos jóvenes solemos llamarlos “generación de cristal”. Sin embargo, lo que encontré no fue fragilidad, sino saturación.
Universitarios que no necesitan correr, sino aprender a parar
La etapa universitaria —entre los 17 y 24 años— concentra muchos de los primeros grandes quiebres de la vida adulta: rupturas afectivas, duelos, presión económica, exigencia académica y una entrada abrupta al mundo laboral. A esto se suma un ecosistema digital que glorifica la inmediatez y el éxito temprano.
El resultado es una generación que cree que detenerse es fallar, cuando en realidad detenerse es muchas veces la única forma de no romperse.
En cada conferencia repetía una idea que generaba un alivio casi visible:
“Tienes permiso de soñar, pero no la obligación de correr.”
Los datos confirman lo que vemos en las aulas
La percepción no es aislada. En México, los estudios muestran que la ansiedad y la depresión afectan a una proporción alarmante de estudiantes universitarios. Se estima que hasta el 59 % de las mujeres y cerca del 46 % de los hombres presentan síntomas relacionados con estos padecimientos, y que más del 70 % no recibe atención psicológica o psiquiátrica.
Estos problemas no solo impactan el bienestar personal. Son ya un factor relevante en la deserción universitaria, junto con las dificultades económicas. Muchos jóvenes no abandonan la universidad por falta de talento, sino por agotamiento emocional no atendido.
Las mujeres jóvenes: una alerta que no podemos ignorar
Un hallazgo especialmente preocupante fue la alta incidencia de ansiedad y depresión en mujeres universitarias. Jóvenes que cargan expectativas profesionales, sociales y personales desde edades muy tempranas, y que ya presentan síntomas de desgaste emocional profundo.
Esto debería encender una alerta para el sector productivo: una parte importante de nuestras futuras colaboradoras, gerentes y directivas está atravesando hoy problemas de salud emocional. Ignorar esta realidad tendrá consecuencias directas en el rendimiento, la estabilidad y la cultura organizacional del mañana.
Docentes y líderes: el nuevo espacio de contención
En este recorrido confirmé también algo esperanzador: muchos docentes se han convertido en el principal espacio de contención emocional para los jóvenes. Son quienes escuchan, orientan y acompañan.
Pero esta tarea no puede recaer solo en las universidades. Los líderes empresariales, profesionistas y tomadores de decisión debemos involucrarnos activamente. Los jóvenes que hoy luchan con ansiedad serán quienes en pocos años ocupen puestos estratégicos y directivos.
Si aspiramos a organizaciones sanas, necesitamos liderazgos jóvenes plenos, no profesionales que aprendieron únicamente a sobrevivir emocionalmente.
Un llamado urgente
Atender la salud mental del talento joven no es un gesto altruista: es una decisión estratégica y profundamente humana. El verdadero costo no está en invertir en acompañamiento, mentoría y espacios de contención; el costo invisible está en no hacerlo.
Hoy más que nunca necesitamos líderes que volteen a las universidades, que entiendan que formar profesionistas no es solo transmitir conocimientos técnicos, sino también enseñar a pausar, a planear con conciencia y a avanzar sin romperse.
Nuestros futuros líderes no necesitan que les digamos que “aguanten”. Necesitan que les enseñemos que sí se puede soñar, planear y avanzar… sin romperse en el intento.
