Ya han transcurrido los primeros días de 2026. Muchos ya comenzaron con sus propósitos de año nuevo; otros apenas están intentando arrancar. Y es normal.
Se dice que el primer mes del año marca la tendencia de lo que vendrá después, tanto en lo personal como en lo social. En política, por supuesto, no es la excepción.
Y es ahí donde entra el caso de nuestra capital “amable”, donde no sabemos si ya comenzaron sus propósitos, si están por comenzar… o si siquiera existen. Especialmente cuando hablamos de algo tan básico como la limpieza.
Porque una ciudad amable debería ser un espacio seguro, fácil de transitar y libre de contaminación. —dicen quienes saben que no es buena idea cargar de adjetivos innecesarios a los sustantivos—. Y, siendo francos, hoy la capital queda a deber. Vemos infraestructura deficiente, calles poco incluyentes y, lo que es peor, muy sucias. En la práctica, el gobierno municipal ha descuidado lo más elemental: la limpieza.
Ya es costumbre: calle por la que pasas, calle que está llena de basura o de baches. Áreas verdes, parques y jardines que rara vez se podan o se limpian y que terminan convirtiéndose en focos de infección, todo ello resultado de la falta de aplicación real de ese concepto de “amabilidad” que tanto se presume.
Hay que replantearlo. La limpieza no debe limitarse a Las Lomas o al Club de Golf. La famosa “escoba de platino” no debería usarse solo en zonas de alta plusvalía ni donde se decide instalar elevadores en los puentes peatonales. Por el contrario, la prioridad tendría que estar en las colonias donde vive la mayoría. Con toda seguridad puedo decir que eso dista mucho de representar la realidad de más de un millón de capitalinos.
Diría Marco Antonio Solís: ¿a dónde vamos a parar?
Ojalá pronto sepamos cuál es el propósito del año para nuestro municipio.
Y si no hay muchos, que al menos empiecen por la limpieza. No por “amabilidad”, sino por simple congruencia y responsabilidad.
