La mexicanada emocional de crecer mientras intentamos resistirlo todo
¿Recuerdan cómo eran durante su etapa universitaria?
¿Recuerdan las ideas que tenían sobre el futuro, sobre el amor, sobre el éxito y sobre la vida que juraban iban a construir antes de los treinta?
La universidad tiene algo muy particular: ahí no solo estudiamos una carrera, también empezamos a descubrir quiénes creemos que somos. Algunos se sentían imparables. Otros completamente perdidos. Algunos ya tenían un plan de vida perfecto y otros apenas sobrevivían emocionalmente intentando entender qué hacer con ellos mismos.
Yo era un poco de todo eso.
Hoy me dedico a dar conferencias, talleres y construir proyectos alrededor de la comunicación, el liderazgo y la salud emocional. Estoy acostumbrada a pararme frente a cientos de personas y hablar sobre propósito, identidad, crecimiento y resiliencia.
Pero abril fue distinto.
Porque pude llevar una de mis nuevas conferencias justo al lugar donde todo comenzó: la universidad donde estudié.
Frente a mí estaban maestros, administrativos y personas que me vieron crecer. Personas que conocieron a la versión más confundida, rebelde e impulsiva de mí. Y al mismo tiempo, frente a mí también estaban los estudiantes que hoy ocupan esos mismos salones donde alguna vez yo me senté sintiendo que no tenía idea de qué estaba haciendo con mi vida.
Y mientras todos podían ver el “logro” de regresar como conferencista… yo no podía dejar de pensar en la joven que fui durante esos años.
Porque durante mucho tiempo pensé que mi vida tendría una ruta completamente distinta.
Durante la universidad soñaba con la típica idea que muchas veces heredamos: estudiar, casarte, tener hijos, estabilidad y una vida resuelta antes de los treinta. Pero la adultez rara vez respeta los planes que hacemos desde la ingenuidad juvenil.
En mi caso, la vida cambió cuando perdí a mi papá.
Abandoné la universidad por un tiempo y sentí que todo lo que había imaginado para mí también se había roto. Sin embargo, hubo una frase que terminó acompañándome durante años:
“Tu educación es tu mejor herencia.”
Primero regresé a terminar mi carrera.
Después volví para titularme.
Más tarde regresé como docente.
Y este año, quince años después, volví para contarle mi historia a nuevas generaciones.
Y entendí algo importante:
muchas veces crecer no se siente como éxito, se siente como transformación.
Porque detrás de muchos profesionistas, emprendedores y líderes, hay historias que no siempre se cuentan:
duelos, ansiedad, pérdidas, presión económica, rupturas emocionales o versiones de nosotros mismos que tuvimos que dejar atrás.
En México, solo una parte de los jóvenes logra concluir estudios universitarios. Muchos abandonan no únicamente por temas económicos, sino también por agotamiento emocional, presión familiar o incertidumbre sobre el futuro.
Y quizá ahí está una conversación que todavía nos cuesta muchísimo tener:
la salud emocional detrás del crecimiento profesional.
Durante los últimos años he trabajado con universitarios en conferencias y talleres, y algo que se repite constantemente es esta sensación de vivir bajo presión permanente:
la presión de “lograrlo rápido”, de verse exitosos antes de los treinta, de emprender, de producir, de tener estabilidad emocional, financiera y hasta física al mismo tiempo.
Todo mientras las redes sociales hacen parecer que la vida de los demás ya está resuelta.
Y aunque hoy vemos más oportunidades para las mujeres, también vemos nuevas presiones. En México, millones de mujeres han comenzado a emprender y construir sus propios proyectos, pero todavía seguimos creciendo bajo preguntas profundamente normalizadas:
“¿Y no te vas a casar?”
“¿Y los hijos para cuándo?”
“¿No se te está yendo el tiempo?”
Como si el valor de una mujer todavía tuviera que validarse únicamente desde ciertos modelos de vida.
Hoy muchas mujeres están construyendo empresas, liderando equipos, estudiando maestrías, levantándose después de duelos personales o sosteniendo económicamente hogares completos. Pero pocas veces hablamos del desgaste emocional que también implica abrirse camino mientras intentas descubrir quién eres realmente.
Y creo que ahí existe uno de los duelos más silenciosos de la adultez:
el duelo de convertirte en quien soñabas ser.
Porque crecer implica aceptar que algunas versiones de nosotros ya no regresan.
La joven que soñaba una vida.
La persona que creía que ciertas relaciones durarían para siempre.
La versión que pensaba que el éxito se veía de una sola manera.
Con el tiempo entendí que mi trayectoria no estaba “comenzando”. Estaba sucediendo. Y que muchas veces estamos tan ocupados sobreviviendo, resolviendo y avanzando, que no nos detenemos a observar cuánto hemos cambiado emocionalmente en el proceso.
En México admiramos muchísimo a la gente que “aguanta”.
Al que resuelve.
Al que trabaja sin parar.
Al que nunca se quiebra.
Pero tal vez necesitamos empezar a admirar también a quienes aprendieron a reconstruirse sin perderse completamente en el intento.
Porque sí, el éxito profesional importa.
La preparación importa.
Los sueños importan.
Pero hoy más que nunca también importa entender qué está pasando emocionalmente con las personas que están intentando construir todo eso.
Tal vez la verdadera madurez no consiste en tener la vida resuelta.
Tal vez consiste en aprender a crecer sin abandonarte emocionalmente en el proceso.
