Con una taza de café al lado —fuera de la oficina y más cerca de la conversación— es evidente que el mundo del trabajo ya está cambiando. No como una promesa futura, sino como una realidad cotidiana impulsada por la inteligencia artificial, la digitalización y nuevas formas de organización laboral.
Cuando hablamos de inteligencia artificial, no nos referimos a un escenario lejano o abstracto. Hablamos de sistemas que hoy ordenan información, priorizan tareas, predicen comportamientos, miden productividad y apoyan la toma de decisiones dentro de las empresas. La IA no sustituye a las personas —al menos no por ahora—; reorganiza el trabajo, redefine tiempos y transforma la manera en que se ejerce la dirección y la supervisión.
Desde antes de ser juzgadora, he acompañado estos procesos desde la sociedad civil, donde impulsé un programa de inteligencia artificial con infancias, entendiendo que la tecnología no es solo una herramienta técnica, sino una competencia social y laboral que se forma desde edades tempranas. Esto obliga a mirar el futuro del trabajo con mayor responsabilidad y visión de largo plazo.
Para las empresas, integrar inteligencia artificial ya no es una cuestión de innovación opcional, sino de funcionamiento. Los modelos productivos actuales requieren eficiencia, capacidad de adaptación y análisis constante de información. La clave está en cómo se integra la tecnología: con criterios claros, respeto a los derechos laborales y reglas internas que den certeza tanto a empleadores como a personas trabajadoras.
En este contexto, el derecho laboral no parte de cero. Cuenta con principios sólidos —legalidad, dignidad, protección e igualdad— que siguen siendo plenamente vigentes. Sin embargo, la legislación fue pensada para esquemas tradicionales y hoy dialoga con realidades más complejas: trabajo híbrido, supervisión digital, decisiones automatizadas y esquemas por objetivos.
Más que una carencia, estamos frente a un proceso natural de evolución jurídica. Muchos de estos cambios aún no llegan de forma directa a los tribunales, porque el derecho se construye a partir de casos concretos, interpretación y experiencia acumulada. El derecho laboral acompaña el cambio, sin perder su función protectora ni su vocación de equilibrio.
Para el sector empresarial, este momento representa una oportunidad estratégica. Anticiparse, comprender el impacto de la inteligencia artificial en las relaciones laborales y actuar con ética no solo reduce riesgos legales: fortalece la estabilidad, la productividad y la confianza dentro de las organizaciones.
El trabajo seguirá transformándose. La inteligencia artificial invita al derecho laboral a evolucionar. Y ese diálogo, bien conducido, puede convertirse en una base sólida para el empleo del presente y del futuro.
